Relatos

ApocaliToII

Posted on Actualizado enn


hombre barba ojoEsteban desanda el mismo camino que todos los días. Acaba de aparcar el coche frente a la iglesia de ese barrio nuevo en el que comenzó a trabajar hace unos meses. Ya es Otoño. Otoño cerrado. Van cayendo hojas de color ocre heladas unas al lado de las otras. Pasa un día y después otro y Esteban concluye que al final, la mejor opción de todas para no morir congelado cualquiera de estas mañanas, es dejarse barba. Es moreno pero, tiene unos mechones pelirrojos en la barba que hacen que parezca interesante. Años atrás cuando comenzó a salirle el vello en el mentón algunas de sus amigas se reían de él. Le decían “¡Anda! ,si tienes canas en la barba” y él escondido tras sus comunes y vivarachos ojos marrones contestaba que no, que él no tenía canas en la barba. Con el tiempo fue descubriendo que sí, que eran una especie de canas pelirrojas que le hacían apetecible ante mujeres más mayores que él. Cuando quería atrapar a alguna en su tela de araña se dejaba barba, las miraba profundamente y guardaba silencio para que pudieran hablar de lo que quisieran. Era algo que casi todas apreciaban mucho, que tuviera la capacidad de escucharlas. Casi nunca daba algo de él. No le gustaba que supieran nada de sus costumbres, de su trabajo, ni de sus rarezas y era ese halo de misterio que levantaba en torno a su figura, esa inaccesibilidad sobre su persona lo que hacía que, en parte, desearan penetrar en el Esteban más profundo.

Hoy, el Esteban más común de todos llevaba los ojos, con sus pestañas cortas y su color marrón tunecino, entornados para evitar que se colara el frío dentro de ellos. Se había prometido a si mismo no pestañear. Muchas veces se preguntaba que pasaría si un día por culpa del frío no pudiera volver a abrir los ojos. Un parpado pegado con otro. Él vivo y gritando sin poder gritar. Y quieto. Y ferozmente asustado. Y la oscuridad atrapándole en un mundo fluorescente que no podía ver. Y todo cuánto le rodeaba fundido en un blanco absurdo, repleto de escalas de grises gélidos y hielos sonoros que parten las calles. Pequeños semáforos que están a punto de cambiarse pero, que cuando lo hacen al minuto siguiente dan paso a un millón de coches que te embestirán en tu ceguera. Tú vivo pero ciego y así, hasta que consigas abrir los ojos y ver el mundo que te rodea. Los cristales con sus reflejos, los niños adormilados con sus padres camino de un colegio atestado de mandamientos y sin sabores, y las nenas, las nenas con sus faldas de tablas, heladas de frío, intentando no pegar una rodilla con la otra y quedarse también pegadas en esta muerte fría que recibe a Madrid por las mañanas.

Hoy, Esteban se mesa la barba. Para ordenar un poco su vello facial y así parecer mucho más guapo de lo que en realidad es, al pasar por la cristalera de la oficina en la que busca reflejarse. Se observa y quiere besarse pero no se encuentra el ombligo. Dirige su vista hacia arriba y ve una muñeca de pelo rubio, ojos cristalinos, piel blanca y brillante, la misma que cada día vuelve a mirarle con expresión de cansancio y hastío en sus ojos y, al mismo tiempo, con la esperanza de encontrar en sus canas de color pelirrojo algo que la saqué de esa pecera. Piensa: “Debería correr” . Y esconde un poco su tripa. La sonríe con la fortaleza del anonimato a sus espaldas. Se pregunta como será escuchar su voz. Se relame pensando en como podría conquistarla y escucharla y después alejarse para que no pudiera ver nada de él. Esteban siempre tuvo miedo de que al cerrar los ojos con el frío sus parpados se quedarán pegados pero, era evidente que el mayor de sus temores era abrirlos por completo y descubrir que las mujeres que tenía frente a él y que lo consideraban por su barba, o mediante ella, un tipo atractivo, terminaran poniendo en peligro su refugio interior.

Una vez se prometió a si mismo que si encontraba a la mujer perfecta la llevaría ese refugio y allí le enseñaría sus ángeles y sus demonios. Se desnudaría delante de ella totalmente para que pudiera ver a través de él, sin miedo a que por ello, también sus ojos se quedasen pegados.

A veces, cuando veía a aquella chica rubia mirarlo con ilusión desde la ventana se imaginaba a si mismo desnudo frente a ella, sin paraíso interior, y eso le hacía sentirse feliz durante unos minutos. Desnudo y erecto, aguardando a que su barba le creciera y con el pleno convencimiento de que, aunque eso sucediera, estaría a salvo. A veces, solo queremos escuchar que estamos a salvo y dejar de tener miedo de todo cuánto nos rodea.

Desvía su mirada, y ve venir hacia él un padre y su hijo. Un Niño muy pequeño que no debe tener más de cinco años y que camina apurado de su mano. Van muy deprisa. Esteban oye la sirena del colegio y se sonríe. Llega tarde. Cada mañana cuando está frente a la ventana de la chica rubia oye la sirena del colegio de al lado. Ambos aceleran el paso y entonces se da cuenta de que el sonido que llega hasta ellos es más intenso de lo que normalmente es y de que, sin saber, muy bien por qué, comienza a repetirse en intervalos de la misma duración. La sangre se le para en el cuerpo cuando cruza sus ojos con los del padre del chico y ve en ellos el miedo. Coge a su hijo en brazos y sale corriendo. Esteban paralizado toma nota mental de su estilo de carrera, casi no despega los pies del suelo, casi no avanza pero, es evidente que en su impotencia y su orondo instinto de supervivencia, intenta escapar de algo que les acecha. El suelo bajo sus pies comienza a temblar. Mira al cielo por encima de ellos. Una luz convierte cuanto les rodea en una burbuja blanca que lo ciega todo. Fluorescente. Esteban aprieta los dientes. Cierra sus ojos. Y se echa al suelo esperando el final, un estruendo tremendo, la trompeta de los jinetes del apocalipsis, un explosión encima de su cabeza, la película que debe pasar ante todos nosotros cuando estamos esperando morir pero, todo lo que siente es una vibración sin apenas ruido que le produce nauseas. Debajo de él, el suelo sigue frío. El cielo continua siendo azul. Se da la vuelta en el suelo para ponerse boca arriba y poder respirar. Se felicita al darse cuenta de que aún está vivo. Se palpa el cuerpo y se encuentra todo, las piernas, los dientes, el pene y la barba, sin embargo, algo es sumamente distinto a como es cada día. Al principio no puede reconocer la diferencia porque todo parece seguir igual pero, al minuto cae en la cuenta, de que todo cuánto le rodea está en silencio.

ApocaliTo (I)

Posted on


Nancy recaricatura de mujer, rubia 165527coloca el cuerpo en la silla frente a su jefa. Con su melena rubia y sus impolutas uñas rojas, parece un maniquí de unos grandes almacenes que se haya fugado presa de un ataque de pánico ante una horda consumista que quiere, si o si, terminar con el verdadero espíritu de la navidad. Se nota triste. Se sabe triste. Su piel nítida y perfecta parece un cristal en el que cualquiera podría reflejarse. Casi nota los alientos de los niños pegados a su cara, transpirando la ilusión de que estas navidades le traigan un helicóptero volador. Un helicóptero volador WOW.

Para ir hasta el patio vecino.

Para subir muy alto.

Para caer después y estrellarse en el suelo.

Se pasa la mano por la cara, intentando limpiarse esa condensación. Alientos, gotas de sudor, parecen ser la misma cosa.

–Tengo más de diez horas extras acumuladas– En tono de enfado le dice a su jefa. Ella, anodina y molesta por cada vez que le recuerda cuánto trabaja, lo bien que lo hace y todo lo que le debe, asiente con cierto desdén. Un desdén que no es lo bastante ofensivo para provocar que Nancy se levante y abandone la oficina pero, resulta violento. Suavemente violento. Tiene implícito ese tipo de protesta que pone en evidencia hechos que no son solo hechos, sino hechos flagrantes.

–Ahá–Contesta –Ahá–. Y continua con su tarea, con la nariz metida en su pantalla. Buceando entre los correos que todavía no ha leído. Sorbiendo su taza de café tranquilamente.

–Y ya van tres semanas así–. Nancy insiste. Se le arrugan las cejas, la frente, las comisuras de los labios, casi parece que va transformándose lentamente en Carrie, el personaje de moda. No puede imaginarse bañada en sangre porque su perfecta y cristalina piel sufriría irremediablemente. Piel de porcelana pero memoria frágil, ya casi no recuerda cuando fue la última vez que salió de casa para ir a otra parte que no fuera esa oficina o cuando fue la última vez que miró a otra persona que no fuera ella. “Es tan vulgar” piensa. Mírala, ahí. Metida en su propia carne. Con media vida malgastada entre estas cuatro paredes. Esa estúpida creencia de que el mundo gira alrededor suyo y el mundo no gira alrededor de nadie. El mundo no nos necesita. Piensa que está ciega y que le está dejando ciega a ella y el sudor de su frente se vuelve frío.

Mira hacia la ventana. Esta mañana había una capa de escarcha en el suelo que hacía que los tacones resbalaran. Se pregunta cuando fue el momento en el que dejaron de echar sal. Ve algunos niños con sus padres, tan pequeños que no levantan un metro del suelo. Adormilados caminan hacia el colegio agarrados de sus manos, enfundados en gorros de lana que casi no les permiten respirar. Con las manos cubiertas por manoplas o por guantes que tienen en cada dedo un muñeco. Cargar con esas pesadas mochilas. Cuando los ve piensa que parece que se van a ir de casa un mes pero, no. Seguramente antes del mediodía hayan regresado a su tranquilo y seguro hogar. Ve la rabia de tener que dejar la cama caliente en alguno de ellos.  Piensa en lo que va a sufrir en la vida ese niño que no está de acuerdo en dejar su cama caliente y lanzarse al frío amanecer en busca de un futuro. Es pronto para plantearse nada, y sin embargo, resulta tan molesto.

Al fondo del parque ve al chico de la barba cruzando por la tierra. Cada mañana acorta la distancia pisando el césped. Cada mañana se llena los zapatos de rocío y mira hacia su ventana y sus ojos se encuentran. Hace dos semanas que empezó a sonreírla cuando la veía pegada al cristal. Hoy se detiene un poco, parece que está enfocando la ropa que lleva Nancy.

–Nena –. Le dice su jefa –A las diez tenemos visita–

Y Nancy suspira hondamente, mientras las hojas del otoño van cayendo, cada una a su rítmo, a una gris y aplomada calle….

                                                                                                                                                                                                                                  […Continuará…]

Antagonistas

Posted on Actualizado enn


07El mundo está lleno de tontos. Tontos que saben que lo son, tontos que se lo hacen, tontos que no son conscientes de su tontería. Gente que es muy lista y que se esconde bajo la social tontuna que predomina nuestros días. Luego los hay con un par de pelotas, en general en la vida pero, a estos no les llamaremos tontos sino desafortunados fieles a sus principios que cometerán la imprudencia de mostrar como son y pagaran por ello.

Hay tontos con saña, que cada vez que pueden te ensartan como un pollo que fueran a asar. Hay tontos con razón, que pueden justificar con un buen argumento lo incongruente de su pensamiento. Hay tontos cobardes de los que tiran la piedra y esconden la mano, también hay tontos con proyección de futuro, pijos hasta la médula que hacen insoportable la presencia de sus Braquets de 18.000 euros, y tontos con suerte que miran al suelo y encuentran un billete de veinte pavos, que pueden recoger solo con el esfuerzo de agacharse a por él pero ,son tan limitados en su capacidad de reacción que no llegan ni siquiera a intentarlo.

Hay muchos tipos de tontos en el mundo pero, sin duda mi favorito es el tonto malvado, tal vez porque sea lo más cercano a un personaje de ficción que en este momento pueda recordar. Es ese tipo de espécimen que quiere endemoniadamente atentar contra el protagonista pero no lo consigue porque el destino o la suerte o la trama de la historia se lo impide y pese a sus crueles y malvadas intenciones de Tonto relisto y villano termina quedando como el incapaz que es. Hay que ser muy listo para escribir sobre un tonto villano que no parece tonto, es algo fundamental cuando nos sentamos a escribir una historia. Intentar que el antagonista sea tonto sin parecerlo, solo puede conseguirlo un listo que se ha hartado de ver tontos en la vida.

Luego están los tontos guapos y los guapos que no son tontos pero lo parecen y hay veces que son la misma persona, que son protagonista y antagonista y que el lego-batman-2-dc-super-heroes-imagen-i293055-ipopulacho pasa por alto su mezquindad o su despiste, solo por su belleza, condición “sine qua non” que nos vuelve a todos gilipollas.

Hay muchas cosas que podemos perdonar en una historia pero no que el villano sea tonto,o al menos que lo parezca, porque eso deja al súper héroe como un vago que puede batirle sin ninguna dificultad. Y ¿qué sentido tendría nuestra vida si las historias estuvieran llenas de villanos ineptos y súper héroes vagos? ¿Qué sentido tendría entonces escribir una historia, sino hubiera guapos rematadamente malos y listos y tan atractivos que podemos obviar generosamente todas sus maldades ? o ¿Súper héroes con rizos en la frente y los ojos azules y más nobles que el Whisky más antiguo del mundo?

¿Que sentido tendría la vida de los que contamos historias, si todos los antagonistas fueran buenos y todos los protagonistas fueran tan tontos que no se dieran cuenta de lo mal que fingen, hasta casi el final de las historias?

Sombra

Posted on Actualizado enn


piano-1Masas lejanas de gente loca conduciendo, se cuecen en las avenidas madrileñas.

Todas próximas a nosotras, a ellos y a los que están por venir.

Ah!

Y Botas de western sin ser western

Y agujas

Y pinchazos en las venas

Y un mulato que me mira en el fondo del vagón y que tiene los ojos muy negros aun sabiendo que los ojos negros no tiene ningún sentido que sean profundamente oscuros o brillantes o muy negros. Si es que la negrura lo es todo. La de las lágrimas y la de los vagones. Dicen que acabó la huelga de basura en Madrid, pero en este vagón sigue oliendo a perro muerto, aun así noto sus ojos guiñándome alegrías confusas en mares transoceánicos, en olas gigantes que huelen a deseo, mientras capturo unas botas de una vaquera que podría montar a caballo para alcanzar su estación de tren.

 Me duelen las venas, las que se quiebran y las que no. Miles de ancianos confusos me observan romperme en esta mañana indudablemente fría antes de que me baje, preguntándose si he venido a limpiar el desastre que han dejado las negruras ajenas en este vagón pero, ya solo me queda la esperanza de encontrar la puerta de salida.

Ay mulato! Si tu fueras menos guapo y yo menos lesbiana…

Cuántos olores difíciles y nuevos podríamos haber guardado en nuestras cajitas de colores, las mías rectangulares y las tuyas redondas como los ojos de un cachorro abandonado.

 Ay mulato! Si tú fueras menos mulato y yo menos gitana, cuánta negrura podríamos hallarnos en los ojos vacíos, densos, enormes y opacos de los transeúntes, como conchas de un mar gigante que ha sido abandonado a su suerte.

 Ahora solo nos queda la esperanza, a ti de salir por la calle Castellana camino de ninguna parte y a mí de regresar a esta oficina repleta de almas tristes y grises que no se detienen a escuchar a los genios. Los de los ojos negros, como las palabras de las almas más brillantes con ojos oscuros, como los tuyos, los míos y los del Cigala…

Al final del camino

Posted on Actualizado enn


No sé muy bien cómo llegué hasta allí. Un día estaba paseando y comencé a caminar y caminar, porque no tenía otra cosa que hacer, porque me apetecía, porque en realidad lo único que tenía delante era un larguísimo y fino camino que llegaba hasta donde se pierde la vista humana y comienza el horizonte. Paso tras paso, en la soledad de esa eterna marcha, empecé a recordar a las personas que en el pasado caminaron junto a mí. También recordé a los que hicieron parte de su propio tramo en mi espalda por mucho tiempo y que consiguieron que todos terminásemos agotados. Pensé, pensé mucho sobre el pasado. Sobre lo que fue importante y sobre lo que ya no lo era. El hecho de caminar, de hacer ese esfuerzo por no quedarse entre las sombras, aún corriendo el riesgo de mojarse, calarse, morirse; ese simple hecho consigue que te vuelvas más fuerte.

Puede que no más rápido, la impaciencia nunca ha sido una de mis virtudes, pero si más fuerte.

Me acuerdo de la persona que empezó ese camino, como había conseguido vestirse y calzarse de forma absolutamente irrisoria y caótica y vi a la persona que, tras finalizar ese camino nada fácil, se miraba en un espejo que estaba en ese sitio tan lejano donde la vista se pierde con el horizonte y no me dio nada. Ni un poco de nada.Ni un ápice de temor o de duda. Nada. Bueno, si, tal vez un poco de nostalgia, tal vez un poco de amargura en la lengua al evocar algunos de los tramos, tal vez, algo que sonaba a una voz lejana del pasado que quería volver a la luz pero, que se apagaba tras el primer chillido.

Ha vuelto el invierno. A través de los cristales de esta oficina caótica no para de llover. La tarde está gris, fría, húmeda, como alguno de los pasajes de la senda que tuve que atravesar. Como alguna de las personas que me encontré en esa senda que ahora veo lejana y de las que guardo un cariñoso pero lejano y , sobre todo, sano recuerdo. Veo la lluvia como una cortina. Como una cortina espesa que tapa la poca luz que queda en este día tan otoñalmente típico pero, ya no me da miedo. No me miedo empezar otro camino, ahora que por fin acabé con este. Ni encontrarme con nadie, ni mirar a la gente a los ojos porque cualquier atisbo de rabia que hubiera dentro de mí y que me hacía un poco débil, sencillamente ha muerto.

Y con él, y con él todas las grietas por las que podía colarse la duda, la culpa y la tristeza.Ya no estoy triste, puedo decirlo con seguridad. Puedo decirlo con certeza.

Hoy me he sentado en este sitio. En este. En el que la luz entra por los claros de este cielo tapiado y gris, tan plomizo, tan seguro de sí mismo, tan esperanzador. Me he sentado porque ya no tengo prisa, ni tengo obligación, ni necesidad, ni en realidad, tengo nada de lo que tenía antes. Me he sentado porque quería empaparme de esta lluvia otoñal, porque sentirla en la piel me hace feliz. Hace que me sienta viva.

Miro mis manos.Mojadas. Color piel. Se han aclimatado con rapidez a lo que parecía ser una tormenta que duraría cien años.
Ahora puedo levantarme y marchar hacia delante. Puedo seguir caminando porque he descubierto que este camino que ande con la mayoría de vosotros lo hice porque quería. No porque, no estar junto a algunos de vosotros, me fuese a llevar a la soledad sino porque verdaderamente me importabais y me importaba mucho lo que pensarais de mí. Hoy, que estoy aquí sentada mirando hacia delante ya no os veo. Ya no veo, ni quiero esa “cosa” que teniamos que nos ponía tristes. Veo otro camino, un futuro, otra gente, que hace poco, tal vez en esta transición finita de colinas ha ido cogiéndome del brazo.
Nos reímos, nos reímos mucho. No esperamos que unos porten a otros y eso me hace feliz porque no siento que haya contraído deudas. Siento que estoy donde quiero estar porque cuando miro al frente veo con ilusión el futuro.

Pescatero de Café

Posted on


Dios ha dispuesto su escenario para ti.

Padre, no tengo fe pero sé que el lugar que vi ayer en mis sueños es el paraíso donde elegiste ir. Permaneces joven, delgado, inalterable, valiente, osado, junto a la orilla de piedra en la que se aposta tu barca, permaneces allí junto a tu padre, mi abuelo, extendiendo redes que vendrán vacías de peces, vacías de saciedad.

Vacías de sociedad.

No hay mucho más que hacer, piensas y parece que a cada pensamiento se escapan las ideas por tu cabello rizado, negro, intenso, fuerte. Parece que con cada devenir de segundo que pasa se erizan los recuerdos de una vida que allí, en el río paraíso, no tuviste. Eso fue antes, mucho antes.

Para aquel sueño pediste antes de marchar un poco de acción, necesitabas vigilancia externa en forma de verde tricornio, porque qué es la vida y al final la muerte, sin un poco de acción. Hay quien para los días eternos hasta el próximo nacimiento del alma pide paraísos, tu pediste dentro de lo posible calamidades, peligro, cercanía con quien tanto anhelaste incluso en vida, pediste la ultima cabalgada a lomos de una barca hecha jirones en aquel río que sí apenas rodó por aguas insanas treinta años atrás, en las orillas de tu pequeño, clamo y pobre pueblo.

Un lugar donde nacer y un lugar donde morir de nuevo, de haber podido elegir tu muerte, sé, como saben las personas que saben, que habrías elegido aquella casa. Paterna, fría, inhabitable, dificultosa y a la vez repleta de orgullo, dignidad y sobrecogimiento.

Hay infancias que marcan e infancias que pasan por la vida de las personas como hojas que caen delante de los ojos, con un extraño y poderoso baile hipnótico que las inmoviliza de por vida.

Pescar o el acto de pescar es solo una excusa, lo importante es lo que llevas debajo del saco de esparto, bolsas de tela yermas para traer kilos de negro café. Para que lo beban las educadas bocas de los señoritos de Madrid, los maestros de Caceres, los militares de fragancias cargadas de aires dictatoriales. No puedes con su exceso de libertad delimitada, te da de pleno en tu libertinaje. Quieres beber esa fuente santa de la vida pero sabe a dinero y peligro porque todo lo que tú robes hoy, mañana será hambre en el seno de tu familia.

Te encaminas despacio, por la orilla de un río que conoces como si hubieras parido, las sandalias de corcho son tu mejor aliado, en el barrizal de la orilla está padre, que ha conseguido una buena posición para cruzar la frontera a base de esconderse entre alacranes bajo el arrasador sol de agosto; ahora su piel rezuma ampollas en la espalda, está quemado, cansado, viejo. Ya nunca canta aquellos sonetos vacíos de esperanza que al atardecer arrullaba a las inactivas olas de agua dulce que ahora penetráis con miedo y ferocidad. La balsa se mueve. Se zarandea, parece un perro sacudiéndose el agua. Suelta babas cristalinas en cada ángulo que orada, solo el batir parduzco de la corriente sabe situarla sin remos en el camino más certero.

Ya está todo hecho. Suficiente suerte para dos personas que no saben ni lo que saben.

No se escucha ni un ladrido. En la quietud de una noche calurosa y estrellada, tu agitada respiración se entremezcla con el batir insistente de los grillos. No tenéis ningún mapa, ninguna luz que alumbre los caminos acuosos que surcáis, tan solo esos dibujos de colores en el cielo, manto estrellado que os guía, es la única manera de no perderse. Río abajo se oyen pisadas, bramidos, tierra que se abre como una manzana, ronquidos de feroces jabalís que han salido a buscar raíces que comer, lejos de disparos de tricornios que los diezmen.

Cuidado, se levanta la bruma y a lo lejos como un mal presagio una luz que podría esperar vuestra muerte dentro de esta muerte. Largo es el camino que lleva a la perdición como largo es el camino que recorren los desamparados.

El portugués espera sentado, la cabeza gacha. Ha quemado sus cigarros y borrado las cenizas que se despiden en el agua. Nervioso, bajo un sombrero de paja desmadejado os espera como un ladrón que roba a los pobres, los hambrientos, los desesperados. Los que cuentan granos de maíz en graneros vacíos, los que beben vino que no existe, los que comen tocino rancio y hacen cada día a la hora de la cena el milagro de los panes y los peces.

Yo ya lo he hecho todo. Antonio padre, Antonio hijo. Os susurra en brasileño, el gallego-portugués que ha traído en una mula dos fanegas de granos sin tostar. El más puro. Padre lo examina como si fuera una droga venida a menos en barcos gigantes desde el otro lado del océano, que cerca quedan las orillas de los sitios paradisíacos para algunas cosas necias.

Lo sopesa, huele y muerde, Padre, muerde un grano y dice, con la savia rabiosa de los árboles caídos que no es la mercancía que habíais acordado. Inquieto te incorporas sobre tus rodillas, mareas una perdiz tras otra y bajo la escasa luz del creciente infiel de la luna encuentras la navaja con la que te afeitas cuando pasan días, noches y semanas sin ver otra cosa que redes, azadas y martillos.

Ahora solo se ven los dientes de tres, padre, hijo y portugués.

Reales. Gallego afincado en tierra de nadie extiende la mano por toda respuesta. Padre mira a los ojos que se esconden tras la caída del sombrero de paja, nadie refleja su mirada. No hay espejo que encuentre la respuesta de un lobo hambriento, no hace falta nada más, quien sabe que miente a un ladrón no levanta los ojos, hay donde no haya ley que lo acoja el silencio es la mejor defensa.

Tus manos de chiquillo libre tiemblan bajo el esparto de los sacos vacíos, deben volver llenos. Tú conoces esa mirada, viene de la mano de la furia de una persona que ha pasado demasiado miedo, demasiada hambre. El gordo, Gallego-portugués que ha dejado el brasileño para otros tontos a los que pueda engañar dice a hurtadillas, dos menos, señal de que ha venido confiado y solo. Ahora sí, ves levantar el ala del sombrero y su ojo hueco os mira repleto de arrepentimiento. Padre  ni respira, solo fija sus dos ojos negros en el fardo de orgías de marisco con el que pacta. Clava sus escarabajos en la sola cuenca del portugués que al encontrarse con las verdades que salen de su pupila agacha la mirada como un perro que se ha tragado en un descuido el almuerzo de su amo. Ya nadie cuestiona su autoridad. Fardo de calamares secos. Bastardo. Cobarde. Avergonzado pero satisfecho solo piensa en una cosa. Quiere irse. El pacto ya está hecho, sueltas la navaja que rasura los años que por ti no pasan y tu cabeza imberbe de chiquillo descuidado ve con pavor, a lo lejos, unos brillos que anuncian el fin de un pacto que se sellará con pólvora, sangre y saliva.

La noche se ha cerrado en vuestras espaldas.

Suenan huecos, atronadores en la noche, plomos que saltan a la orilla, los grillos callan. Vuelan por el cielo, la mar dulce, la agrietada e insonora tierra, los pedazos de acero polvoriento que quieren llegar a la carne de la miseria de unos hombres, que no tienen otra cosa que hacer que deshacer los comercios dictatoriales que les alejan del río paraíso. Padre, tú, remáis con los brazos y a lo lejos entre los juncos veis como el Gallego-portugués, gordo saco de pescado putrefacto, se levanta como un Salmón que vuela y tras llevarse la mano al pecho cae, hondo, pesado, gravitatorio, mudo y muerto en las aguas de un río que ahora está embarrado y rojo, casualidad de la vida, muerte solo para unos pocos.

Acuarelas de colores para las noches de verano, pintan con fugaces tramos oscuros el destino de los tres.

Agachados en la barca las astillas penetran tu piel, todavía tierna. La navaja, ahora visible, se balancea por el movimiento. En el centro del río solo se oye la corriente, el vacío del esparto que regresa a un granero mudo, el tintineo del dinero que está esparramado como una meretriz. Húmedo, hambriento, expectante, lacerado en la penumbra. Abierto con violencia, con el uso que le dan las armas que se levantan cuando hay guerra. Esta guerra de guerrillas.

Como duelen las trincheras incluso para los que no son soldados.

Caes. De bruces en la barca, te tragas la arena salada de esta agua tan dulce. Dices. Padre. ¿P_A_D_R_E?.

No hay respuesta, solo los grillos te contestan con una fúnebre ensoñación. Un presagio de futuro, un hambre de saber lo que ya sabes que ni tu mismo entiendes. Ansiedad de las casualidades.

Giras el cuello, tu cara se pega en las maderas y el agua entra por la nariz. Escupe, por toda vida que desees vivir, escupe ahora, puede que luego sea demasiado tarde. Sabes que estas solo, por medio las aguas. Quieres nadar. Si supieras que respira. Si supieras que respira. ¿Padre? No contesta. Si alzas la voz, las luces de la orilla encontraran la forma de cruzar el puente y llegar hasta ti, no morirás honestamente como hizo el Gallego- Portugués lo harás a base de descargas en sitios que aún no conoces. Ves el pelo, escaso pelo de tu padre caer como un remolino en las tablas, blanco, liso, salino. Agitas su hombro con tu pie. No se mueve. Fijas la mirada. La espalda no se eleva. Ni respira, ni parece que quiera respirar. Contienes la explosión de llanto, hay quien dice que un padre nunca debería enterrar a un hijo y hay hijos que dicen que nunca se debería enterrar a un padre.

El mismo dolor, diferentes verdades.

Ahora llega el momento de la verdad. Que se enciendan las luces de la vida, la muerte se ha sentado entre vosotros. Dios ha dispuesto un escenario para ti. Ahora puedes ser lo que quieras, en la balsa de Oceanía sabes que debes deshacerte del cuerpo, nadar hacia la orilla, regresar a casa, despedirte de los tuyos. Su ausencia hará que os busquen. Debes marchar, nadando hasta el lugar más cercano. País desconocido, promesa de isleñas que se levantan de sus sillas para darte el gusto. Ocúltate entre las sombras, en treinta años no podrás mandar una carta hasta tu madre. Llorará amargamente vuestra muerte. Antonio hijo, entierra a tu padre. Bajo esta luna creciente, infiel, dorada y dolorosa eres libre, conviértete en Extremeño- Portugués que nace bajo el océano atlántico y regresa cuando la libertad de un pueblo te permita a llorar la muerte de tu padre.

El que le habla a las palomas…

Posted on Actualizado enn


Ha muerto otro atleta. Vancouver es el preludio de una melodía desencadenada con fatal desenlace, es la epifanía de los “invictus”, el poema de la invernalidad circuncidante. Has vuelto de nuevo por aquí y no te gusta, ¿verdad?, puedes irte nadie te obliga.

Esta mañana discutía de nuevo con mis siete estómagos, nos decíamos los unos a los otros que a veces el éxito no está justificado, que pasas toda una vida preparándote, formándote, entrenándote, aguantando la respiración para contener en ti misma más oxigeno y al final terminas dándote cuenta de que en realidad ser el mejor, el más rápido, el más preparado, incluso el más rastrero pelota, no tiene ningún sentido.

Llega un día, es frío y soleado, como cada día te diriges a la pista, ergo, otros cogemos la carretera. Hay ligeros indicios cotidianos que te hacen plantearte si será hoy el último día de tu vida. El café se derrama sobre tus pantalones limpios, tienes que cambiarte la malla técnica, no has pasado una buena noche, es lo que tienen las buenas cenas. Sepulturas llenas. Un viento que huele raro azota tus mejillas, el recorrido, tú lo sabes es siempre el mismo, los mismos metros kilómetros por segundos relativos, diferentes tiempos. Llegar a donde se supone que tienes que llegar es tu obligación, para eso llevas toda la vida preparándote, entrenándote, aguantando la respiración, con el corazón en un puño; buscando empresas, patrocinadores, amigos que te quieran, para después llegar a tiempo y cumplir, al menos con la 44 posición del mundo ese año, por debajo de ahí no puedes bajar.

Y sabes que un día tanto hielo alrededor puede costarte la vida, pero aún así la metáfora del éxito, el falso premio, la zanahoria que nos ponen desde pequeños, te hace vulnerable como un cachorro y te envalentonas porque ciertamente no eres capaz de escapar de esa 44 posición en el mundo, no eres capaz de desatarte de esa cadena de cosas que giran en torno a ti como la basura espacial alrededor de la tierra. Por un momento buscas la motivación y definitivamente la encuentras. Eres tú en el número 1 no en el 44 sino en el 1 y tampoco exactamente en el 1 como numero real sino en el primer puesto y eso ya… suena distinto. ¡Dios!, los ojos se te llenan de lágrimas, la pierna sigue quemada por el café caliente, el viento raro sigue azotando tu rostro, sigue siendo un día frío y soleado, pero para ti es lo mismo, igualmente te colocas en el punto de salida y como cada vez que entrenas te lanzas. Pista abajo a 140 KMs/h. Te sales. Se acabó.

Eso es la competición, esta competición, de lo que va en general la vida. Del triste amargo, sufrido desenlace de todos los que no quedan en el primer puesto, de los que no tienen opción de quedar en el primer puesto porque ni siquiera pueden colocarse en la parrilla de salida; de los que se entrenan hasta la extenuación esperando ser el mejor, no el numero 1 sino el primero, que tiene ciertos matices de diferencia que le hablan a cada siete estómagos de cuerpo humano que se encuentran y activan el mecanismo del eterno premio. Zanahoria solo para los mejores y el resto seremos peldaños de pirámides sobre los que apoyarse para calcular de nuevo el calendario maya.

¿Sabías que hay una tribu de aborígenes que tienen dos nombres uno el que eligen los padres y otro el que elige su pueblo y se corresponde con su don natural?

El que caza lagartos, el que habla a las flores, el que sana a los enfermos, el que duerme como un oso, el que canta sin desayunar, el que defiende a la tribu, el que tiene el don de la palabra.

El que quiere siempre ser el primero, cuya actitud es absolutamente distinta del que hace lo que sea por simplemente ser y no quedar excluido.

Os acordáis. ¿Segunda Ley de Newton?, la cantidad de fuerza humana que hace falta para mover nuestra ambición es absolutamente incalculable, sabemos que nunca llegaremos pero intentarlo es deliciosamente atractivo, sádico, enérgico, aromatizante, erótico.

Sin engaños, nuestro sistema social está mal construido, no hay lugar para diversidad, ni para el crecimiento personal que no siempre se corresponde con lo que se espera de nosotros, solo hay algunos  primeros puestos sociales que cementan, justifican y alientan, el uso y desgaste indiscriminado de nuestras vidas.

La próxima vez que estés en la parrilla de salida de cualquier carrera, por favor, piensa si eso es con lo que has soñado toda tu vida.