Cuentos

La azada

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ImagenHay muchos días en los que recuerdo a mi abuelo. Su aroma a hombre apretado y viejuno. Su mandíbula densa, oscura, repleta de un pelo recién cortado que era, poco menos que frondoso, pese a sus interminables años. Acababa de afeitarse y ya erosionaba mi piel inmadura cuando me daba besos en la cara o cuando me cogía con un solo brazo para montarme en la mula o cuando, sencillamente, se limpiaba el agua que había resbalado por su mentón al beber del botijo. Cuánto más tiempo pasaba más pensaba en algo tan sencillo como el transcurrir de los años sobre él. 70, 80, 90. Es raro pero pronto tuvo noventa años, aunque la época en la que más recuerdos tengo de él y de la que mejor sabor de boca guardo, es aquella en la que íbamos a arar al huerto. Yo no hacía nada ponía, mis dos pequeñas manos sobre la azada “chica” mientras el cogía la que pesaba como un molino y la batía contra la tierra seca, que había dejado el verano en nuestro pueblo. Batía el arma mortal de la patata contra la tierra seca mientras sudada como un elefante. Se llenaba de polvo del camino, de piedras. Se tragaba las rocas secas con cada golpe seco contra la misma tierra que después le devolvería algunos frutos con los que todos podríamos celebrar el final del verano.

Yo solo observaba con mi metro cuarenta, mis ojillos negros e inquietos. Mi piel blanca, suave, que se quemaba al primer contacto con los rayos de un sol despiadado. Ponía mi barbilla encima de mis dos manos, apoyándome, sobre aquella cosa inútil que él me había construido para que pudiese jugar con la tierra. A veces le imitaba, con cuidado de no llevarme los dedos de los pies por delante al dejar caer la herramienta “chica” con la que tendría que, en principio, haber conseguido algo.

Él desarrollaba  los canales del agua que darían vida al huerto, yo hacía pequeños caminos en mi mini espacio de cultivo que al darme la vuelta era irremediablemente reformado por su experta mano. No soy tonta, no era tonta, incluso entonces sabía que tan solo era un juego para mí, que lo que verdaderamente hacía que emanase la vida de aquella masa de tierra informe era su toque maestro.

Un día se lo dije. Le dije : abuelo, pero para qué quieres que bata la tierra si después vienes tú y la pones de otra manera. Solo sonrió y me dijo: Antes… me has quitado las piedras.

Con el paso del tiempo, de verdad, me he preguntado muchas veces, si alguien habrá podido enseñarme más cosas de las que mi abuelo materno pudo enseñarme siendo sencillamente él mismo.

Para reflexionar …

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¿Cuánta tierra necesita un hombre?
[Cuento. Texto completo]

León Tolstoi

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. “Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra.”

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

“Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada.”

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

“¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo”.

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

“Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades.”

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

“Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte.”

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

“¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado.”

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

“No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco.”

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

“Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra.”

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

“Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento.”

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

“Bien -pensó-, debo descansar.”

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: “Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo”.

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. “Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.”. Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

“¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto.” Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

“No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.”.

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

“Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?”

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

“Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol.”

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. “Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora”, pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

“Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!”

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

“Todo mi esfuerzo ha sido en vano”, pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.

Un cuento de hadas diferente

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Quiero compartir con vosotros una historía que me ha enviado hoy mi mujer.

La princesa y el sapo

Érase una vez una princesa que vivía en un reino muy, muy lejano. Su piel era pálida como la porcelana, según lo reglamentario en alguien de su condición, pero la genética le había jugado una mala pasada en lo demás; su cabello no era rubio como el trigo, ni sus ojos azules como el cielo, así que los príncipes preferían a las otras princesas antes que a ella, más que nada para seguir la tradición. Ya había cumplido y pasado los dieciséis años, que es la edad estipulada para encontrar al príncipe azul, pero todos acababan con sus amigas de cabello como el trigo y ojos como el cielo.
Un día, mientras paseaba por el bosque y cogía amapolas, se encontró con un sapo que tomaba el sol en una charca. El bicho le hizo un gesto para que se acercara y le explicó que en realidad era un príncipe muy apuesto al que una malvada bruja había hechizado, y que sólo el beso de una princesa le devolvería su forma.

A la princesa le daba mucho asco el sapo, pero se convenció de que el esfuerzo merecía la pena, así que cerró los ojos y le besó.

Y al abrirlos sólo había un sapo. “Uh…”, dijo él, “a lo mejor es que tiene que ser un beso de amor. La bruja no me dio muchos detalles”.

La princesa empezó a salir con el sapo, porque era el modo más fácil de enamorarse de alguien. Ni sus amigas ni sus padres creían la historia de que él fuese en realidad un príncipe, y querían que le dejara, pero ella tenía tantas ganas de ver su verdadera forma que siguió intentándolo.

“Ya me he enamorado de ti”, le dijo un día la princesa, “pero sigues sin cambiar”. “A lo mejor es que tenemos que hacer el amor”, contestó él. La princesa realmente quería al sapo, pero seguía siendo un bicho repugnante, y la simple idea de imaginarse la escena le horrorizaba. Sin embargo, lo llevó a su habitación en la torre e hizo el amor con él. Era la única forma de que cambiase.

Un rato después, la princesa se sentía triste y asqueada mientras en la cama, a su lado, el sapo se fumaba alegremente un cigarrillo. Él aseguró que no entendía por qué no había cambiado, que quizá tenían que encontrar la forma de hacerlo mejor, más perfecto.

Durante los meses siguientes, lo intentaron una y otra vez, cada día, de diferentes maneras. El sapo iba sugiriendo cosas nuevas, pero ninguna funcionaba. “Va a ser que tenemos que casarnos”, dijo al fin.

En ese tiempo, muchos príncipes se fijaron en ella. Al madurar habían descubierto que tener el cabello como el trigo y los ojos como el cielo no eran ni con mucho las cualidades más importantes en una mujer, pero ya era tarde. La princesa estaba segura de que su príncipe era el mejor de todos, y de que muy pronto los demás lo verían igual que lo veía ella.

Todo el mundo le dijo a la princesa que no se casara con él; que si no había cambiado ya, nunca lo haría. Pero ella tenía fe en que derrotarían juntos a la bruja malvada, y se casaron. Y el sapo seguía siendo un sapo.

“Cuando tengamos nuestro primer hijo, entonces”. Tuvieron dos hijos, un niño y una niña. Los dos eran bajitos, con la piel verde, y tenían la desagradable costumbre de cazar moscas en público con su lengua de metro y medio. Y el sapo, por supuesto, seguía siendo un sapo.

La princesa siempre estaba triste y vivía sumida en la desesperación. Muchas veces llegaba a su límite y tomaba la decisión de dejar al sapo, pero él le suplicaba que no lo hiciera, que la necesitaba, que sólo con su ayuda podría acabar con la maldición de la bruja. Y como ella le quería, se arrepentía y seguía a su lado. Y así pasaron los años, y el sapo seguía siendo un sapo, aunque tenía innumerables respuestas y excusas que darle a su esposa en cada ocasión.

“Cuando seamos reyes”, fue lo siguiente. Los padres de la princesa murieron, ellos se convirtieron en reyes, y el sapo seguía siendo un sapo. “¡Ya lo entiendo!”, exclamó desde el trono, “será uno de nuestros hijos quien vivirá emocionantes aventuras y encontrará la cura”.

Su hijo no destacaba por su inteligencia ni por su afán de aventuras. Además dejó embarazada a la hija de un duque importante (que sí tenía el cabello como el trigo y los ojos como el cielo, pero era extremadamente vulnerable a los efectos del licor) y tuvo que hacerse cargo de su nueva familia, así que ya no le quedó tiempo para viajar en busca de dragones que derrotar, doncellas que desvirgar ni curas milagrosas que descubrir.

Su hija, una muchacha poco agraciada, bastante tenía con intentar superar su propia depresión y su adicción a lamer la espalda de sus congéneres con propiedades alucinógenas.

Mucho tiempo después, la princesa yacía en su lecho de muerte, rodeada de su esposo y sus hijos y nietos mutantes. “Me prometiste que ibas a cambiar”, le recriminó al sapo, “y nunca lo hiciste”. “Aún no es tarde”, aseguró él. “Nos reuniremos de nuevo en el paraíso, y allí me verás con mi verdadera forma”.

Y la princesa murió confiada, creyendo que encontraría a su amor verdadero por fin. Pero de haber existido otra vida, allí el sapo seguiría siendo sólo un sapo.

La princesa y el sapo

Érase una vez una princesa que vivía en un reino muy, muy lejano. Su piel era pálida como la porcelana, según lo reglamentario en alguien de su condición, pero la genética le había jugado una mala pasada en lo demás; su cabello no era rubio como el trigo, ni sus ojos azules como el cielo, así que los príncipes preferían a las otras princesas antes que a ella, más que nada para seguir la tradición. Ya había cumplido y pasado los dieciséis años, que es la edad estipulada para encontrar al príncipe azul, pero todos acababan con sus amigas de cabello como el trigo y ojos como el cielo.
Un día, mientras paseaba por el bosque y cogía amapolas, se encontró con un sapo que tomaba el sol en una charca. El bicho le hizo un gesto para que se acercara y le explicó que en realidad era un príncipe muy apuesto al que una malvada bruja había hechizado, y que sólo el beso de una princesa le devolvería su forma.

A la princesa le daba mucho asco el sapo, pero se convenció de que el esfuerzo merecía la pena, así que cerró los ojos y le besó.

Y al abrirlos sólo había un sapo. “Uh…”, dijo él, “a lo mejor es que tiene que ser un beso de amor. La bruja no me dio muchos detalles”.

La princesa empezó a salir con el sapo, porque era el modo más fácil de enamorarse de alguien. Ni sus amigas ni sus padres creían la historia de que él fuese en realidad un príncipe, y querían que le dejara, pero ella tenía tantas ganas de ver su verdadera forma que siguió intentándolo.

“Ya me he enamorado de ti”, le dijo un día la princesa, “pero sigues sin cambiar”. “A lo mejor es que tenemos que hacer el amor”, contestó él. La princesa realmente quería al sapo, pero seguía siendo un bicho repugnante, y la simple idea de imaginarse la escena le horrorizaba. Sin embargo, lo llevó a su habitación en la torre e hizo el amor con él. Era la única forma de que cambiase.

Un rato después, la princesa se sentía triste y asqueada mientras en la cama, a su lado, el sapo se fumaba alegremente un cigarrillo. Él aseguró que no entendía por qué no había cambiado, que quizá tenían que encontrar la forma de hacerlo mejor, más perfecto.

Durante los meses siguientes, lo intentaron una y otra vez, cada día, de diferentes maneras. El sapo iba sugiriendo cosas nuevas, pero ninguna funcionaba. “Va a ser que tenemos que casarnos”, dijo al fin.

En ese tiempo, muchos príncipes se fijaron en ella. Al madurar habían descubierto que tener el cabello como el trigo y los ojos como el cielo no eran ni con mucho las cualidades más importantes en una mujer, pero ya era tarde. La princesa estaba segura de que su príncipe era el mejor de todos, y de que muy pronto los demás lo verían igual que lo veía ella.

Todo el mundo le dijo a la princesa que no se casara con él; que si no había cambiado ya, nunca lo haría. Pero ella tenía fe en que derrotarían juntos a la bruja malvada, y se casaron. Y el sapo seguía siendo un sapo.

“Cuando tengamos nuestro primer hijo, entonces”. Tuvieron dos hijos, un niño y una niña. Los dos eran bajitos, con la piel verde, y tenían la desagradable costumbre de cazar moscas en público con su lengua de metro y medio. Y el sapo, por supuesto, seguía siendo un sapo.

La princesa siempre estaba triste y vivía sumida en la desesperación. Muchas veces llegaba a su límite y tomaba la decisión de dejar al sapo, pero él le suplicaba que no lo hiciera, que la necesitaba, que sólo con su ayuda podría acabar con la maldición de la bruja. Y como ella le quería, se arrepentía y seguía a su lado. Y así pasaron los años, y el sapo seguía siendo un sapo, aunque tenía innumerables respuestas y excusas que darle a su esposa en cada ocasión.

“Cuando seamos reyes”, fue lo siguiente. Los padres de la princesa murieron, ellos se convirtieron en reyes, y el sapo seguía siendo un sapo. “¡Ya lo entiendo!”, exclamó desde el trono, “será uno de nuestros hijos quien vivirá emocionantes aventuras y encontrará la cura”.

Su hijo no destacaba por su inteligencia ni por su afán de aventuras. Además dejó embarazada a la hija de un duque importante (que sí tenía el cabello como el trigo y los ojos como el cielo, pero era extremadamente vulnerable a los efectos del licor) y tuvo que hacerse cargo de su nueva familia, así que ya no le quedó tiempo para viajar en busca de dragones que derrotar, doncellas que desvirgar ni curas milagrosas que descubrir.

Su hija, una muchacha poco agraciada, bastante tenía con intentar superar su propia depresión y su adicción a lamer la espalda de sus congéneres con propiedades alucinógenas.

Mucho tiempo después, la princesa yacía en su lecho de muerte, rodeada de su esposo y sus hijos y nietos mutantes. “Me prometiste que ibas a cambiar”, le recriminó al sapo, “y nunca lo hiciste”. “Aún no es tarde”, aseguró él. “Nos reuniremos de nuevo en el paraíso, y allí me verás con mi verdadera forma”.

Y la princesa murió confiada, creyendo que encontraría a su amor verdadero por fin. Pero de haber existido otra vida, allí el sapo seguiría siendo sólo un sapo.

Morir de soledad

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Luna llena

Puedo ser planta y guarecernerme entre las sombras de un jardin deshabitado.

Puedo ser nube y cabalgar por un angosto cielo verniego.

Puedo ser estrella que a miles de millones de años luz te guiña los ojos.

Puedo ser un caballito de mar que se ha perdido en las aguas pacificas y cristalinas de una isla pintada en el oceano.

Puedo ser la bacteria que te mete en la cama.

El diablo que te ata a esa sensación.

Esa, ya sabes que dura 30 segundos.

Puedo ser un girasol que se abre ante tu presencia y gira en redondo en un campo solitario… quemado,ciego, ¿triste?

Puedo ser la canoa y la toalla y la arena.

Puedo ser la sombrilla que esta quince días esperando a ser desclavada.

Puedo ser la cerveza que se abre en la barra de una caseta de fiestas cualquiera.

Puedo ser cancion , quisiera o querria, sonar desnuda en una playa desierta mientras algunas manos y pies se empeñan y despeñan en hurgar entre la arena.

Puedo ser la luna, que brilla y brilla tanto que a cualquier amante exaspera.

Puedo ser la resaca, el porro, la cenicienta (cómo era) espera.

Puedo ser un tanga en saldo,

un dardo

una quimera.

Puedo ser polvo y volar entera

por las dunas de marruecos mientras un turista se entierra en el vago estres que llama a su puerta.

Puedo no ser nada

me gusatría que así fuera.

Pero aquí estoy y el hecho es que sería mejor sino estaría o estuviera.

Bailando sentada en el quicio de tu puerta

soñando que me deshaces en tus manos pequeñas,

bebiendome las ranas de esta laguna incierta.

Puedo ser aire,flor, manta, tenaza, esquela

puedo ser en realidad lo que quiera

me puedo repetir, repetir y repetir , esta es mi pequeña miseria

y aquí hago y deshago lo que se me antoja desde pequeña.

Puedo ser tu…. ¡Venga! Que mas quisieras

levantarte una mañana, abrirte en canal todas las venas

sentirte siempre viva

donde quiera que fueras

no depender de la opinión que dependen las abejas

que es, la de querer ser alguien sin saber siquiera quien eras

Puedo ser blanco, negro, un gris cualquiera

¿esto que es lo que es?

Ojala lo supiera…

empezó como una declaracion de amor y ahora es la fuerza

que me obliga a levantarme de esta silla

donde me sentaron a la fuerza,

donde me dieron esquinazo.

Mira,

aquí estoy despierta

abriendo los ojos.

Porque soy lo que soy y me da igual

a quien coño le duela.

Puedo ser planta, arroz, hombre o histeria

tu tambien puedes, busca dentro, sentiras la fuerza..

de tener que navegar rio arriba

como un salmón cualquiera

que solo quiere deshovar

su espermitos en la hiedra,

que es el rio, que es la naturaleza

que es toda la vida…

La vida entera

llena tus pulmones

esto es la madre tierra

que te dice puedes ser, eres lo unico

que aun muerto se desentierra.

Vive en la preciosa libertad

sé la lenta espera.

Play on

Paganini

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Hoy las musas no me acompañan así que he decidido dejaros un cuento que leí hace tiempo. Espero que lo disfrutéis.

 

miviolin1bn

(Miguel A. B)
Algunos decían que Paganini era muy raro. Otros, que era sobrenatural. Las notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente. Por eso nadie quería perder la oportunidad de ver su espectáculo. Una noche, el escenario de un auditorio repleto de admiradores estaba preparado para recibirlo.
La orquesta entró y fue aplaudida. El director, a su vez, fue muy ovacionado. Pero cuando apareció triunfante la figura de Paganini, aquello fue el delirio. Paganini acomodó el violín contra su hombro, y lo que siguió fue indescriptible: blancas y negras, fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas parecían tener alas y volar con el toque de aquellos dedos encantados.
De repente, un extraño sonido interrumpió el ensueño de la platea: una de las cuerdas del violín de Paganini se había roto.
El director se detuvo. La orquesta dejó de tocar. El público contuvo el aliento. Pero Paganini, mirando su partitura, siguió extrayendo sonidos deliciosos de un violín con problemas. El director y la orquesta, admirados, volvieron a tocar. El público se calmó.
De repente, otro sonido perturbador atrajo la atención de los asistentes. Otra cuerda del violín de Paganini había saltado por los aires.
El director se detuvo de nuevo. La orquesta volvió a dejar de tocar. Paganini, no. Como si nada hubiera ocurrido, olvidó las dificultades y siguió arrancando sonidos imposibles. El director y la orquesta, impresionados, volvieron a tocar.
Pero el público no podía imaginar lo que iba a ocurrir a continuación. Todas las personas, asombradas, gritaron un ¡Ohhhhhh! que retumbó por toda la sal: una tercer cuerda del violín de Paganini se había quebrado.
El director se detuvo. La orquesta también. El público quedó en suspenso. Pero Paganini, como si fuera un contorsionista musical, arrancó todos los sonidos posibles de la única cuerda que quedaba en el violín destruido. Ninguna nota fue olvidada.
El director, embelesado, se animó. La orquesta se motivó. El público pasó del silencio a la euforia, de la inercia al delirio. Paganini alcanzó la gloria.
Su nombre perdura a través del tiempo. Él no es un violinista genial. Es el símbolo del que continúa adelante aun en medio de las dificultades, de los problemas y de todo lo que parece imposible.

Tierna infancia

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Dicen que la distancia es el olvido
Pero yo no concibo esa razón
Porque yo seguiré siendo el cautivo
De los caprichos de tu corazón …

 

Mamá-

– Qué-

– Tengo miedo de volver al cole –

– Y eso cariño –

– Me hablan de cosas que no entiendo, tengo que estar siempre sentado –

Mamá permanece en silencio escuchando atentamente a su vástago.

– Además siempre hay otros niños que son como yo y que quieren saber más que yo –

La mamá ladea la cabeza.

– En todo el día no tengo más que media hora de recreo y cuando vuelvo a casa no puedo jugar con mis amigos en el barrio hasta que no hago los deberes –

– Encima, tengo que caminar hasta allí y después volver –

Su madre suspira.

– Cariño, es por tu bien. Tienes que aprender muchas cosas para tener una vida como la nuestra de mayor.

– Mami…- El nene abraza a su mamá.

– Dime cariño –

– Creo que no quiero ir al cole de todas maneras –

– Por qué mi amor –

– Porque cuando terminé este cole de niños como yo iré a otros coles como los vuestros y allí, tampoco parece que lo paséis mucho mejor que yo.-

Manifiesto por la vida sana

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Manifiesto por la vida sana

No trabajar. El trabajo produce estres, el estres toxinas, las toxinas muerte.

No guardar sentimientos negativos hacia los demás, cualquier sentimiento encostrado en el interior que no produzca sinergia emocional es antiproductivo, corrosivo, consume energía y además no resulta elegante. Imaginate: “Me llamo Carla y hoy mi objetivo personal es odiarte”.

Consumir solo alimentos cuyos elementos componentes del mismo entendamos, es decir, calabacines= calabacines, pan=pan, nada de Tomate= aciduldante e-902, sacarosa… y al final de la larga lista de elementos un magnifico cinco por ciento de tomate. Lo que es, es y lo que no al carajo.

Un vinito, un cigarrito, un….

¡Una vez al día el toque de la alegría!

Recibir al menos un abrazo de un ser querido, un beso, un gesto de afecto. Está demostrado que el cariño aumenta la vida.

Dar afecto. Todo el que recibe tiene que devolverle al karma lo que da. Por cierto , gracias abuela, nunca olvidaré esta despedida después de tantos años de ausencia. No sé por que me elegiste pero te lo agradezco con todo mi corazón.

Hablar, repito, hablar con otros seres humanos aunque sean desconocidos, tengamos un día de perros y no paren de subirnos el euribor.

Pasar de los ex, las ex, los malos recuerdos, los pensamientos negativos, los desastres ecológicos, las prenomiciones funestas, las crisis mundiales que van a arruinarnos la vida. Recuerda lo que haya que pasar, pasará igualmente lo quieras o no.

No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.

No dejes para mañana lo que QUIERAS hacer hoy.

No te exigas imposibles. Las metas inalcanzables producen frustraciones insoportables.

Sé generoso aunque sea en los pequeños gestos.

Sé humilde, también puedes equivocarte, es más tienes todo el derecho a equivocarte.

Da las gracias por cada momento que sigas vivo. Si hace sol alegrate de poder ver la luz, si llueve alegrate de poder mojarte, si te havenido la regla alegrate de poder tener hijos, si te has peleado con tu familia alegrate de tenerla.

Pero sobre todo no te olvides de lo más importante: Disfruta que la vida es lo único que verdaderamente tienes..