Bestiario

El mendigo de Chamartín 

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Y como en cada momento que se vuelve presente la venda cae de los ojos dispuesta a desvelar una verdad imposible de ignorar por más tiempo.
Se hace presente tu risa, Madrid, por encima de todas las ciudades horribles y defectuosas con las que podríamos encontrarnos y convivirnos. 
Más de un millón de atardeceres perdidos en mi rutina y sigo enamorada de ti hasta el tuétano. Esperando cada mañana que llegue la noche y me regales el incesante tráfico, el devenir de los labios que piden auxilio a través de mis ya, estúpidos auricales de marca. A través de mis miserias y de las tuyas, a costa de estas arrugas que ahora rodean mis ojos peligrosamente.
Yo te esperaba. Desnuda. Vine así y así, puede, me marcho. Pero antes me gustaría ( y mucho) hablar del mendigo de Chamartin. El impoluto señor, porque los que quieren mantener su dignidad por encima de todo siguen siendo señores, que cada mañana a las ocho cuarenta y dos o y cuarenta y tres, barre con su escoba la esquina del cajero en la que indefectibles gilipollas como yo nos ponemos a sacar dinero automático y a escupir y él nos da, con sus cerdas dignas en los pies y nos empuja calle abajo a ensuciar a otra parte. Y nos mira desafiante, con su mirada hepática, consiguiendo que sintamos la vergonzante cadena que nos ata a la esquinita. Qué nos darán las esquinas a los Madrileños, qué nos darán las esquinitas.
Sepan ustedes que en esta esquina para mucha gente, casi toda del barrio. Si hay un barrio que es bonito, mira, ese tal vez no sería el de Chamartín, pero tiene su aquel peculiar en fauna. Están los que vienen de paso y los que están dispuestos a quedarse, están los que llegan tarde y los que fijan sus ojos en ti en las aceras. También están los que salen a fumar y los que piden limosna y los que la dan y los que, pese a merecer no una limosna sino un sueldo, se niegan a cogerle el dinero a los transeúntes y le amenazan a una con su sable de madera roído por los años. 
Y como en cada momento en que una no puede evitar, se le llenan los ojos de cualquier cosa menos de lágrimas y se le revuelve a una la pena con el orgullo y pierde de vista el significado verdadero de las cosas y se acuerda de lo frívolo, tremendamente frívolo, que es pensar en consumir (vaya comprar) tantas cosas como a una se le ocurren que podría consumir almacenando, mientras que el azote de la esquina de Chamartin con plaza de Castilla levanta su semblante rojizo con orgullo bajo las torres Kio y es entonces cuando le dices en voz bajita…
Se hace presente tu risa, Héroe, por encima de todas las egoístas ciudades del mundo donde se cavan fosas comunes de esperanza y respeto por nosotros mismos.

Yo te esperaba así, Madrid. Desnuda. 

Y tú como cada día, ramera, te mueres atardeciendo y yo, llorando, o no. Como en cada despedida.

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Los números de 2013

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Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 14.000 veces en 2013. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 5 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Es precioso y tal

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como-hacer-un-volcan-en-casa-2Ayer estuvimos hablando largo y tendido con una antigua amiga, la colocaría en la clasificación de “vieja” amiga, pero llamar “viejo” a cualquiera, en lugar de antiguo me parece una desfachatez. Sobre todo cuando ya pasamos de ciertas edades y si se dicen, según qué cosas, hay que tener indiscutible cuidado, de ahí la clasificación de antigua que no de “vieja”. Estuvimos hablando decía, sobre el tema de tener descendencia. De lo precioso que es… y tal.

Nuestra “antigua” amiga , llamémosla “Nieves”, no es una “madre Tierra”. Ayer me enteré de que se clasifica así en el argot materno-filial a las madres a las que todo-todo el tema de la maternidad les parece maravilloso y no tienen ninguna queja en absoluto de nada, ¡faltaría más!, ni echan de menos su vida anterior, ni quisieran a veces, arrancarse la piel a tiras, ni se preguntan qué hacían antes de tener niños con su tiempo libre. Ni tienen que echar la vista muy atrás en el tiempo para rememorar cuando fue la última vez que tuvieron una conversación de adultos con otra persona sin utilizar el lenguaje bebe-mama tierra–bebe para comunicarse con los otros. Me contó las maravillas de ser madre. Esto lo digo en serio. Cuando nos preguntó: “Bueno, y vosotras, ¿Qué tal todo?” y mi churri contestó: “Tenemos un cachorro (Malibú) de cinco meses hiperactivo que se despierta cada tres horas (las 12-3-6-9- de la mañana) porque quiere mimos y correr por el campo” y Nieves, dijo : “Anda que entrenamiento más bueno, mira…” y a partir de ahí entramos en la charla de clasificación: llantos, quejidos, ataques de pánico de niños de tres años en mitad de la noche, mocos (de distintos colores, texturas y consistencias), necesidades intracorpóreas, necesidades extracorpóreas y así un largo etcétera de sin vivires que tendremos que pasar si o si, cuando seamos “Mamas”. La palabra asusta. A ver si alguien tiene pelotas de decirme que la palabra Mamá en cualquiera de sus percepciones: cuando eres Hija, cuando vas a ser Madre o cuando lo estás siendo, no acojona.

Hubo un momento en el que mi mente viajó a la Leyend. Un espacio abierto lleno de chirlas saltando, cócteles de doce pavos, gente en minifalda metiéndose mano pero, después la voz de mi churri me devolvió a la realidad:

“Cariño”

“Si, amor, dime…”

“Qué te pasa”

Y yo le dije: “Prométeme que no vamos a ser unas Mamá-Tierra” y le toque el lomito a Malibú.

Mi churri, que me conoce como si me hubiera parido, se partió en risas lacrimógenas durante veinte minutos y Nieves que notó mi tono de preocupación al otro lado del teléfono, me dijo. “Eh, Moni, pero compensa…”

Estoy más que segura que la palabra “compensa” viene en algún manual que te dan cuando estás recién parida en un hospital porque es el único bálsamo que oigo en las voces del perfil de padres jóvenes y cansados. Cuando nos veo, a toda mi generación, nos veo tan niños. Si, comenzamos a tener arruguitas en los ojos (y tal) pero, es que yo me acuerdo de mi padre y de mi madre en la edad que yo tengo ahora que fue cuando me tuvieron y eran como castillos. Tú los veías y sin saber que eran padres sabías que eran padres. En nuestra generación no había quién choteara a un padre. Estaban identificados, clasificados y eran la figura de autoridad, cualquier padre podía ejercer de padre de un niño sin serlo y meterlo en vereda.

Y ni hablar de las “Mamás-Tierra”, las que fueron Madres de nuestra generación, podían tirarte una zapatilla y cuando girabas la esquina te seguía. Eran personas que vivían en la realidad, con sus dramas, con sus croquetas, con su día a día, con sus crisis económica arrastras desde que tenían memoria. A ver si vamos a pensar que lo de la crisis es nuevo, otra cosa distinta es que nos pasemos la vida hablando de la crisis pero, nuevo, nuevo no es. Había mucho de verdad en cada casa. Cariño, pucheros, compartir con los hermanos todo, dinero contado para pasar el mes. Luego había de lo otro, también mucho amor pero, no porque si, sino porque estaban orgullosas de sus hijos, aunque vieran con ojos extraños los trabajos extra escolares que nos mandaban hacer y que estaban sacados del cine americano.

“Haced un Volcán de cartón” …mejor no os cuento lo que me salió aquel día. Claro, me pusieron un cinco en plástica. Ya había que ser malo para que te pusieran un cinco en plástica. Creo que plástica fue a primera “María” del sistema educativo Español. Pues yo casi suspendo.

“Cariño”

“Si, amor, Dime”

“Tengo tantas ganas de que estés embarazada”

Y aprender a hacer volcanes de cartón con mis hijos, a ver quién, cuando me convierta yo en “Mamá tierra” sin leche en los pezones, tiene pelotas de suspendernos Plástica.

Dieta Pre-Navideña

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reyes_magosHoy iba a empezar hablando de los reyes magos, sí. Venía pensándolo por el camino, en cómo lo hacen para visitar todas las casas del mundo, cargados de veinte paquetes por vivienda con tres camellos ni más ni menos pero, de pronto,  me ha venido a la cabeza que son los trabajadores que más descansan en el mundo y han dejado de darme pena. Imaginaos repostar en cada esquina que pasáis cuando vais al trabajo y luego me he preguntado, sinceramente, cómo lo hacen para repostar en cada casa y no coger 100 kilos esa noche.

Tiene que haber una explicación lógica, claro está, tan sencilla como que no hemos explorado repartir regalos como deporte universal. Podíamos hacer una olimpiada de repartir regalos estas navidades, dejarnos alumbrar por las lámparas LED que han puesto en el centro de Madrid (o eso dicen en la radio) y con ello convertirnos en los mejores y más prácticos atletas del universo. Procurad no ir muy juntos y con ropa deportiva navideña, no vaya a ser que piensen que queréis rodear algo y os detengan.

 

Hemos superado las 42000 visitas en el blog. Muchas gracias. Dentro de poco, al final de año, se auto publicará  un post automático de WordPress en el que unos robots –muy Geeks y muy simpáticos- os comentarán que para conseguir las visitas de este año he tenido que hacer un esfuerzo superior a escalar el Everest. No les creáis, para mí esto no es un esfuerzo, es más, me resulta divertido hacerlo mientras pueda, seguir comunicándome con vosotros a través de esta ventana virtual mientras intento terminar de escribir mi próxima novela. Estoy por titularla así: “Mi próxima novela” . Creo que le daría un aire místico de atemporalidad muy moderno. Después, si lo hago, ponerle ese título tan hortera,  me compraré unas gafas de pasta negras como la protagonista de “The Orange is the new Black” y me convertiré en un icono de mi misma. Ya me veo corriendo con miles de paquetes de regalos por la gran vía, iluminada por esas lamparitas LED mega ahorrativas y con mis gafas pasta icono-clasticas…

Venga, no. Yo iba a hablaros de todo eso, de lo absurdo que es pero, prefiero hablaros de la necesidad acuciante que tenemos de hacer una dieta pre-navideña. Lo dicen las altas instancias, que nos apretemos más el cinturón. Hay que hacerlo, antes de que empecemos a regalar por encima de nuestras posibilidades y no podamos, después, ni recorrer cien metros en las olimpiadas navideñas. Yo quiero recorrerlas aunque me apaleen. Me hace ilusión ser una gordita feliz que va corriendo por las tiendas, activada por mi impulso capitalista, hacia ninguna parte, solo con el objeto de llenar las calles, esas calles que algunos quieren que permanezcan silenciosas.

abeja¿La hago, no? La dieta pre-navideña, digo, ¿o mejor me espero a que pase la navidad? Verás, es que en mi época las cosas no eran así. Los Reyes Magos estaban delgados y los camellos eran Viejunos, de bajo presupuesto o sencillamente muy vagos porque a mí, y a mi hermanos y a mis amigos y a mis primos, nos traían calcetines y caramelos. Punto. De vez en cuando libros, que había elegido. Ese es un regalo impagable, de verdad, que siendo niño y gustándote leer, te regalen libros. Nos traían eso  y éramos felices como perdices. Apreciábamos todo con una ilusión que ni Marco cuando encontró a su madre. La verdad es que siento cierta nostalgia cuando llega la navidad, puede ser el frío o el hecho de que me he hecho mayor y eso me otorga la capacidad de ver cosas que nos rodean que no me gustan nada, como el hecho de que Marco o la abeja Maya estén en vallas publicitarias y que me gustaría que desaparecieran, por lo menos en lo que duran las fiestas. Lo siento, necesito mi infancia intacta o me convertiré en una desestructurada a la voz de ya.

Me he puesto un pelín nostalgi-icono-clastica, así que para compensaros por el hecho de que llevo cuarenta y ocho horas sin comer mazapanes, os dejo esta carta que un niño escribió a Santa Claus, sé que os va a divertir…

Antagonistas

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07El mundo está lleno de tontos. Tontos que saben que lo son, tontos que se lo hacen, tontos que no son conscientes de su tontería. Gente que es muy lista y que se esconde bajo la social tontuna que predomina nuestros días. Luego los hay con un par de pelotas, en general en la vida pero, a estos no les llamaremos tontos sino desafortunados fieles a sus principios que cometerán la imprudencia de mostrar como son y pagaran por ello.

Hay tontos con saña, que cada vez que pueden te ensartan como un pollo que fueran a asar. Hay tontos con razón, que pueden justificar con un buen argumento lo incongruente de su pensamiento. Hay tontos cobardes de los que tiran la piedra y esconden la mano, también hay tontos con proyección de futuro, pijos hasta la médula que hacen insoportable la presencia de sus Braquets de 18.000 euros, y tontos con suerte que miran al suelo y encuentran un billete de veinte pavos, que pueden recoger solo con el esfuerzo de agacharse a por él pero ,son tan limitados en su capacidad de reacción que no llegan ni siquiera a intentarlo.

Hay muchos tipos de tontos en el mundo pero, sin duda mi favorito es el tonto malvado, tal vez porque sea lo más cercano a un personaje de ficción que en este momento pueda recordar. Es ese tipo de espécimen que quiere endemoniadamente atentar contra el protagonista pero no lo consigue porque el destino o la suerte o la trama de la historia se lo impide y pese a sus crueles y malvadas intenciones de Tonto relisto y villano termina quedando como el incapaz que es. Hay que ser muy listo para escribir sobre un tonto villano que no parece tonto, es algo fundamental cuando nos sentamos a escribir una historia. Intentar que el antagonista sea tonto sin parecerlo, solo puede conseguirlo un listo que se ha hartado de ver tontos en la vida.

Luego están los tontos guapos y los guapos que no son tontos pero lo parecen y hay veces que son la misma persona, que son protagonista y antagonista y que el lego-batman-2-dc-super-heroes-imagen-i293055-ipopulacho pasa por alto su mezquindad o su despiste, solo por su belleza, condición “sine qua non” que nos vuelve a todos gilipollas.

Hay muchas cosas que podemos perdonar en una historia pero no que el villano sea tonto,o al menos que lo parezca, porque eso deja al súper héroe como un vago que puede batirle sin ninguna dificultad. Y ¿qué sentido tendría nuestra vida si las historias estuvieran llenas de villanos ineptos y súper héroes vagos? ¿Qué sentido tendría entonces escribir una historia, sino hubiera guapos rematadamente malos y listos y tan atractivos que podemos obviar generosamente todas sus maldades ? o ¿Súper héroes con rizos en la frente y los ojos azules y más nobles que el Whisky más antiguo del mundo?

¿Que sentido tendría la vida de los que contamos historias, si todos los antagonistas fueran buenos y todos los protagonistas fueran tan tontos que no se dieran cuenta de lo mal que fingen, hasta casi el final de las historias?

La ternura de un domingo

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estacion

Los domingos son los días de las despedidas. Los días en los que la gente va a los trenes y los aeropuertos, a las estaciones de autobuses, con la mochila colgada del hombro y espera. Espera a que el sol se vaya y a que llegue el maldito tren, el maldito autobús, el maldito avión que les devolverá a una rutina que odian. Lo sé, porque durante mucho tiempo tuve que coger un tren que me dejaba a cuatrocientos kilómetros de mi casa, para volver a ella cinco días después. Recuerdo la tristeza que despertaban en mi las esperas y los domingos. Recuerdo como ese simple hecho cambió mi vida de una forma que no podía imaginar, y es que, en el trasiego de ir y venir, comencé unos diarios en los que contaba como estaba enamorándome en secreto de una amiga. Fue esa escuela, esos viajes en tren, esos momentos en los que me sentí en soledad y desarraigo, en los que descubrí dos cosas sobre mi misma, la primera que estaba conociendo el amor de una manera que no había imaginado y la segunda que me gustaba escribir, y releer lo que escribía, porque ello me daba formas de explorar mi interior que hasta aquel momento no conocía.

Hoy, han pasado unos doce años. Vuelvo a una estación de tren. Allí no tengo mochila pero también me despido. Aunque sé que no serán más que unos días. Tengo lágrimas en los ojos, porque me resulta duro volver a sentir el desarraigo de nuevo y porque la estación está llena de gente que va y viene, que también escribe sus cosas y que espera a que llegue el maldito tren para sumirles en una carrera que a lo mejor no es la que les hace más felices. Tengo lágrimas en los ojos, porque resulta que la vida es así, y cada vez que visito una estación de tren y tengo que despedirme de alguien pienso, que a lo mejor no vuelvo a verlo y eso me parte el corazón. Me hace cuestionarme si somos conscientes de la fragilidad de nuestra propia existencia, de nuestro propio tiempo. Hace que me estremezca, en parte porque hiela, en parte porque no cae una gota de lluvia en las despedidas y en parte, por lo absurdo de las despedidas en las que recordamos al que se va, que revise sus billetes. Para que se asegure bien de no perder el viaje, aunque este viaje nos despierte una melancolía que en el fondo, no tiene ninguna explicación lógica pero, que duele.

“Revisalo bien. ¿Lo llevas todo?” Decimos temiendo que en ese mundo desconocido al que va no haya de nada y al acabarse el mar, una enorme catarata lo engulla y desaparezca para siempre.

Y en ese miedo, nos quedamos, haciéndonos muy chiquitos. Temiendo que tras esas largas horas de espera, nunca más vuelva a la estación en la que lo dejamos.

Odio las despedidas. Odio los domingos que traen despedidas.

Odio las lluvias que no caen para despertarnos del miedo absurdo a que la gente que queremos desaparezca en una catarata gigante.

Pero llega, siempre llega el domingo, con cataratas y sin ellas. Con sus pesados minutos cayendo sobre nosotros y nos toca separarnos. Salir despedidas cada una a su sitio. O a su lecho, o a su conformista y burgués existencia, en la que habrá lunes y frío y parques llenos de niños que echan de menos a sus padres. En la que habrá recuerdos de orgasmos, todos ellos sin culpa y de besos, llenos de amor, de deseo, de sexo y de futuro. Saciados del fin de semana, un tiempo en el que fuimos libres y no tuvimos puesta la ropa.

Habrá domigos y lunes, aparte de estaciones y resacas de obras de Teatro estupendas y mochilas llenas de Croisants de chocolate para el camino. Habrá un tiempo para estar con la gente que se quiere sin plantearse otra cosa más que es estupendo continuar juntos y es mejor que lo disfrutemos, porque puede que al día siguiente, por ejemplo un Martes, nos toque volver a una estación de tren repleta de gente que va y viene, todos con sus “cosicas” por dentro que se desarman y entonces, nos arrepintamos de todo el tiempo que perdimos pensando que “eso” -ir hacia ninguna parte- es lo que tocaba.

 

 

Ay! Cortázar

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texthere

Lo busco, desde hace meses. Se ha convertido en una pesadilla, su búsqueda digo. Creo que podría ser lo más grande del universo micro nuclear y en ese punto y no otro, me gustaría empezar a practicar la ruptura de los cordones umbilicales que me enseñó mi bruja: “Tienes que imaginarte en un escenario, frente a ese sentimiento, persona o cosa a la quieres desligarte”… Está mal decirlo pero, no he visto muchos teatros en mi vida, quizá por eso el Teatro Salón Cervantes de Alcalá de Henares sea lo primero que aparece en mi mente cuando cierro los ojos. Rojo terciopelo sobre negro iluminado, deficiente sistema de sonido y sin embargo, vivo. Estoy yo y esta vez sí que soy yo, ni más alta, ni más baja, ni más delgada, ni más gorda, ni más rubia, ni más morena y por qué no, ni siquiera más guapa. Tan solo yo, bueno yo y se me olvidaba, mi Alter Ego. No había reparado en él y eso que no para de observarme en la distancia.

Coloco mi Alter Ego frente a mí, porque así lo mandan los rituales de las brujas perversas. Tiene forma de oreja desdibujada con piernas y brazos, pero sin ojos, ni boca. ¿Qué otra cosa podría ser sino el Ego sin Alter, que una enorme oreja que le gusta que le acaricien las curvas enceradas? Una ve un Alter ego, bueno imagina un Alter ego y, piensa que será deslumbrante, resplandeciente y carismático, bonito, pero la realidad es tan distinta y a menudo tan distante. En el fondo es un pabellón auditivo que se arruga ante cualquier cacofonía protuberante que nace de la ausencia de público. Es un gran órgano y está preparado para recibir las odas de ondas sonoras que vienen de las masas de personas que acuden a regalarle una ovación tras otra. Por eso se arruga, ante el silencio de la sala vacía, se arruga. Barre 180 grados desde el escenario, como un sonar perdido en medio de la inmensidad de un océano pero, no escucha nada. Cree que está solo y se sienta en la posición de flor de loto porque piensa, cree con fervor, que los ríos de bárbaros fieles llegarán tarde o temprano y, él podrá recibir audiencia de cada uno de ellos. No hace otra cosa desde que lo saqué a paseo que sentarse frente a un estadio de público vacío esperando que alguien le diga lo hermoso, exuberante, magnifico y maravilloso que es, esa cosa, yo Alter-Ego, Alter-Hada, Alter-Nada y después historias descabelladas de hormigas que salen brotando de la tierra viva.

Va, lo confieso, me gusta Cortázar. Me gusta hasta escuchar como relataba sus “cósicas” inéditas para el futuro. Me gusta como ha venido a mí su planteamiento de no escribir desde el ayer sino desde el presente para el mañana. Creo que él tenía una idea en mente que se parece un poco a la mía, darle al futuro algo. Ser un poco actor, un poco gañan, un poco cruel. Lo suficiente, como para que te recuerden sin demasiado esfuerzo. Claro, que con su talento se podía permitir tantas cosas, hasta hablar de bestiarios, de hormigas, de bebes y de velorios.

Sin embargo, igual, incluso no tenía Alter-Ego. Porque tenía barba no como yo, que me miro y encuentro que hay un cordón umbilical que nos une en vez de una barba negra y masculina. Me impide abandonar la sala y ser yo misma. Lo siguiente sería marcharme por la puerta, cubierta por las sombras de la noche, paseando una hormiga en mi corbata amarilla y buscar entre las piedras de una ciudad antigua, trozos de palabras y teatros que me recuerden la sonora “vocacidad”. Si “vocacidad” , término que no existe y que a partir de ahora define la vocación por desgaste, en lugar de por bonanza. Me vais a permitir que sin utilizar las equis también yo, me invente alguna palabra.

La oreja, digo, me sostiene. O lo hace Cortázar y como arrastra las erres. Al principio me hacía gracia, escuchar como arrastraba las palabras pero, después el acento. No sé, todo lo que tiene de Argentino, me hizo quedarme quieta, quieta, en un coloquio absurdo con toda la realidad que me rodea. Me hizo buscar pupilas iridiscentes que me afiancen mis “cósicas” de escritora descerebrada, allí donde la seguridad en mi misma no llega. Quería sentirme bien y sin embargo, he comenzado a sentirme tan qué sé yo, ¿desbordada?  por lo que me llega a las Orejas Alter-Hadas, que incluso esta “vocacidad” que le canto al auditorio vacío me parece otra forma más de inventarme las cosas para “ello”, pues sí, es una oreja vacía.. Alter-Hada, Ego-Lada. Ahora tengo que romper, sí , romper. Esa cosa que nos une a mí, a la oreja, a Cortázar, al auditorio vacío y a la sensación de vértigo y pérdida. Sin miedo, sin prisa, sin nadie. Solo con un silencio tiznado de la bruma tonta de una noche fría.

En algún momento lejano del tiempo, cuando comenzaron a salirme arruguitas en los ojos me planteé ser Actriz. De las malas. De las que no salen en los TeleFilmes. De las que actúan ante los demás y todos se las creen. Pero, ya no. Ahora toca cortar. Será nada, solo un cortecito con la “vocacidad” y cuando este cúmulo de grasa de Hada y cera se haya marchado cabizbajo, podré definitivamente sentarme sola frente a un montón de butacones de tercera vacíos y entonces qué pasará.

Qué pasará. Qué seguiré teniendo arruguitas en los ojos.

Y a lo mejor descubro que me he hecho mayor.

Y ya no dibujo cosas en la arena, ni hago castillos. Ni hago nada.

Porque todo será un drama infernal en el que la gente finge dolores y amores que no existen.

Y habrá guerras terribles otra vez, por ver quién está en el primer puesto de las colas de los auditorios que en el fondo, oídme bien, están vacíos.

Y entonces alguien pensará que has hecho algo por dañarle mientras que tú lo hiciste porque todo te daba lo mismo y solo querías estar sentada en ese teatro bonito, lleno de negro, rojo y bruma tonta en el que estabas todas las noches, desde hacía tanto tiempo. Tanto. Que incluso aprendiste que escribir no era lo importante, no. No lo era.

Qué pasará.

¿Que habrá días y noches en los que no, no me encontraré el polvo de hadas en los bolsillos y seguiré fingiendo que eso era lo que quería, mientras se pierde mi propio bestiario?

No, no, no. Yo, no puedo. Y sin embargo, puedo. Tener “Vocacidad”. Hormigas que se pasean por corbatas amarillas, despedidas filmadas en París, y bebes que hablan de Guerras terribles en Rayuela. Yo puedo, tener a Cortázar y a mi Alter-Hada. Y todas las arruguitas en mis ojos que quiera, porque eso solo indica que me hallo viva, mirándoos a los ojos a vosotros, el auditorio que cada día lee mis bestiarios.

Atentos a los primeros minutos… impresionante Cortázar!