El mendigo de Chamartín 

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Y como en cada momento que se vuelve presente la venda cae de los ojos dispuesta a desvelar una verdad imposible de ignorar por más tiempo.
Se hace presente tu risa, Madrid, por encima de todas las ciudades horribles y defectuosas con las que podríamos encontrarnos y convivirnos. 
Más de un millón de atardeceres perdidos en mi rutina y sigo enamorada de ti hasta el tuétano. Esperando cada mañana que llegue la noche y me regales el incesante tráfico, el devenir de los labios que piden auxilio a través de mis ya, estúpidos auricales de marca. A través de mis miserias y de las tuyas, a costa de estas arrugas que ahora rodean mis ojos peligrosamente.
Yo te esperaba. Desnuda. Vine así y así, puede, me marcho. Pero antes me gustaría ( y mucho) hablar del mendigo de Chamartin. El impoluto señor, porque los que quieren mantener su dignidad por encima de todo siguen siendo señores, que cada mañana a las ocho cuarenta y dos o y cuarenta y tres, barre con su escoba la esquina del cajero en la que indefectibles gilipollas como yo nos ponemos a sacar dinero automático y a escupir y él nos da, con sus cerdas dignas en los pies y nos empuja calle abajo a ensuciar a otra parte. Y nos mira desafiante, con su mirada hepática, consiguiendo que sintamos la vergonzante cadena que nos ata a la esquinita. Qué nos darán las esquinas a los Madrileños, qué nos darán las esquinitas.
Sepan ustedes que en esta esquina para mucha gente, casi toda del barrio. Si hay un barrio que es bonito, mira, ese tal vez no sería el de Chamartín, pero tiene su aquel peculiar en fauna. Están los que vienen de paso y los que están dispuestos a quedarse, están los que llegan tarde y los que fijan sus ojos en ti en las aceras. También están los que salen a fumar y los que piden limosna y los que la dan y los que, pese a merecer no una limosna sino un sueldo, se niegan a cogerle el dinero a los transeúntes y le amenazan a una con su sable de madera roído por los años. 
Y como en cada momento en que una no puede evitar, se le llenan los ojos de cualquier cosa menos de lágrimas y se le revuelve a una la pena con el orgullo y pierde de vista el significado verdadero de las cosas y se acuerda de lo frívolo, tremendamente frívolo, que es pensar en consumir (vaya comprar) tantas cosas como a una se le ocurren que podría consumir almacenando, mientras que el azote de la esquina de Chamartin con plaza de Castilla levanta su semblante rojizo con orgullo bajo las torres Kio y es entonces cuando le dices en voz bajita…
Se hace presente tu risa, Héroe, por encima de todas las egoístas ciudades del mundo donde se cavan fosas comunes de esperanza y respeto por nosotros mismos.

Yo te esperaba así, Madrid. Desnuda. 

Y tú como cada día, ramera, te mueres atardeciendo y yo, llorando, o no. Como en cada despedida.

2 comentarios sobre “El mendigo de Chamartín 

    Noemi escribió:
    febrero 5, 2016 en 10:53 am

    Vaya tela, Mónica!
    Hacía tiempo que no escribías y lo has cogido con ganas.
    Denso y con sustancia y mensaje. Muy tuyo.😉
    Un beso, guapa.

    monicamartin respondido:
    febrero 5, 2016 en 10:54 am

    Muchas gracias! Bloqueo creativo por estés laboral. A partir de ya retomo mis funciones de escritora en modo masivo. Espero utilizar la agenda como Dios manda y no desconectarme durante tanto tiempo. Besos guapas!!!

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