ApocaliToII

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hombre barba ojoEsteban desanda el mismo camino que todos los días. Acaba de aparcar el coche frente a la iglesia de ese barrio nuevo en el que comenzó a trabajar hace unos meses. Ya es Otoño. Otoño cerrado. Van cayendo hojas de color ocre heladas unas al lado de las otras. Pasa un día y después otro y Esteban concluye que al final, la mejor opción de todas para no morir congelado cualquiera de estas mañanas, es dejarse barba. Es moreno pero, tiene unos mechones pelirrojos en la barba que hacen que parezca interesante. Años atrás cuando comenzó a salirle el vello en el mentón algunas de sus amigas se reían de él. Le decían “¡Anda! ,si tienes canas en la barba” y él escondido tras sus comunes y vivarachos ojos marrones contestaba que no, que él no tenía canas en la barba. Con el tiempo fue descubriendo que sí, que eran una especie de canas pelirrojas que le hacían apetecible ante mujeres más mayores que él. Cuando quería atrapar a alguna en su tela de araña se dejaba barba, las miraba profundamente y guardaba silencio para que pudieran hablar de lo que quisieran. Era algo que casi todas apreciaban mucho, que tuviera la capacidad de escucharlas. Casi nunca daba algo de él. No le gustaba que supieran nada de sus costumbres, de su trabajo, ni de sus rarezas y era ese halo de misterio que levantaba en torno a su figura, esa inaccesibilidad sobre su persona lo que hacía que, en parte, desearan penetrar en el Esteban más profundo.

Hoy, el Esteban más común de todos llevaba los ojos, con sus pestañas cortas y su color marrón tunecino, entornados para evitar que se colara el frío dentro de ellos. Se había prometido a si mismo no pestañear. Muchas veces se preguntaba que pasaría si un día por culpa del frío no pudiera volver a abrir los ojos. Un parpado pegado con otro. Él vivo y gritando sin poder gritar. Y quieto. Y ferozmente asustado. Y la oscuridad atrapándole en un mundo fluorescente que no podía ver. Y todo cuánto le rodeaba fundido en un blanco absurdo, repleto de escalas de grises gélidos y hielos sonoros que parten las calles. Pequeños semáforos que están a punto de cambiarse pero, que cuando lo hacen al minuto siguiente dan paso a un millón de coches que te embestirán en tu ceguera. Tú vivo pero ciego y así, hasta que consigas abrir los ojos y ver el mundo que te rodea. Los cristales con sus reflejos, los niños adormilados con sus padres camino de un colegio atestado de mandamientos y sin sabores, y las nenas, las nenas con sus faldas de tablas, heladas de frío, intentando no pegar una rodilla con la otra y quedarse también pegadas en esta muerte fría que recibe a Madrid por las mañanas.

Hoy, Esteban se mesa la barba. Para ordenar un poco su vello facial y así parecer mucho más guapo de lo que en realidad es, al pasar por la cristalera de la oficina en la que busca reflejarse. Se observa y quiere besarse pero no se encuentra el ombligo. Dirige su vista hacia arriba y ve una muñeca de pelo rubio, ojos cristalinos, piel blanca y brillante, la misma que cada día vuelve a mirarle con expresión de cansancio y hastío en sus ojos y, al mismo tiempo, con la esperanza de encontrar en sus canas de color pelirrojo algo que la saqué de esa pecera. Piensa: “Debería correr” . Y esconde un poco su tripa. La sonríe con la fortaleza del anonimato a sus espaldas. Se pregunta como será escuchar su voz. Se relame pensando en como podría conquistarla y escucharla y después alejarse para que no pudiera ver nada de él. Esteban siempre tuvo miedo de que al cerrar los ojos con el frío sus parpados se quedarán pegados pero, era evidente que el mayor de sus temores era abrirlos por completo y descubrir que las mujeres que tenía frente a él y que lo consideraban por su barba, o mediante ella, un tipo atractivo, terminaran poniendo en peligro su refugio interior.

Una vez se prometió a si mismo que si encontraba a la mujer perfecta la llevaría ese refugio y allí le enseñaría sus ángeles y sus demonios. Se desnudaría delante de ella totalmente para que pudiera ver a través de él, sin miedo a que por ello, también sus ojos se quedasen pegados.

A veces, cuando veía a aquella chica rubia mirarlo con ilusión desde la ventana se imaginaba a si mismo desnudo frente a ella, sin paraíso interior, y eso le hacía sentirse feliz durante unos minutos. Desnudo y erecto, aguardando a que su barba le creciera y con el pleno convencimiento de que, aunque eso sucediera, estaría a salvo. A veces, solo queremos escuchar que estamos a salvo y dejar de tener miedo de todo cuánto nos rodea.

Desvía su mirada, y ve venir hacia él un padre y su hijo. Un Niño muy pequeño que no debe tener más de cinco años y que camina apurado de su mano. Van muy deprisa. Esteban oye la sirena del colegio y se sonríe. Llega tarde. Cada mañana cuando está frente a la ventana de la chica rubia oye la sirena del colegio de al lado. Ambos aceleran el paso y entonces se da cuenta de que el sonido que llega hasta ellos es más intenso de lo que normalmente es y de que, sin saber, muy bien por qué, comienza a repetirse en intervalos de la misma duración. La sangre se le para en el cuerpo cuando cruza sus ojos con los del padre del chico y ve en ellos el miedo. Coge a su hijo en brazos y sale corriendo. Esteban paralizado toma nota mental de su estilo de carrera, casi no despega los pies del suelo, casi no avanza pero, es evidente que en su impotencia y su orondo instinto de supervivencia, intenta escapar de algo que les acecha. El suelo bajo sus pies comienza a temblar. Mira al cielo por encima de ellos. Una luz convierte cuanto les rodea en una burbuja blanca que lo ciega todo. Fluorescente. Esteban aprieta los dientes. Cierra sus ojos. Y se echa al suelo esperando el final, un estruendo tremendo, la trompeta de los jinetes del apocalipsis, un explosión encima de su cabeza, la película que debe pasar ante todos nosotros cuando estamos esperando morir pero, todo lo que siente es una vibración sin apenas ruido que le produce nauseas. Debajo de él, el suelo sigue frío. El cielo continua siendo azul. Se da la vuelta en el suelo para ponerse boca arriba y poder respirar. Se felicita al darse cuenta de que aún está vivo. Se palpa el cuerpo y se encuentra todo, las piernas, los dientes, el pene y la barba, sin embargo, algo es sumamente distinto a como es cada día. Al principio no puede reconocer la diferencia porque todo parece seguir igual pero, al minuto cae en la cuenta, de que todo cuánto le rodea está en silencio.

4 comentarios sobre “ApocaliToII

    Noemi (Murcia) escribió:
    diciembre 12, 2013 en 2:53 pm

    Me encanta el final, cómo nos dejas con la intriga de ese momentazo… #Malota

    monicamartin respondido:
    diciembre 12, 2013 en 2:54 pm

    Si siiiii soy mu #malota

    Mari Ropero escribió:
    diciembre 12, 2013 en 7:30 pm

    ¡Que final! Te quedas sin respiración.

    monicamartin respondido:
    diciembre 13, 2013 en 9:24 am

    No no no… Esto todavía no ha terminado.

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