La ternura de un domingo

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Los domingos son los días de las despedidas. Los días en los que la gente va a los trenes y los aeropuertos, a las estaciones de autobuses, con la mochila colgada del hombro y espera. Espera a que el sol se vaya y a que llegue el maldito tren, el maldito autobús, el maldito avión que les devolverá a una rutina que odian. Lo sé, porque durante mucho tiempo tuve que coger un tren que me dejaba a cuatrocientos kilómetros de mi casa, para volver a ella cinco días después. Recuerdo la tristeza que despertaban en mi las esperas y los domingos. Recuerdo como ese simple hecho cambió mi vida de una forma que no podía imaginar, y es que, en el trasiego de ir y venir, comencé unos diarios en los que contaba como estaba enamorándome en secreto de una amiga. Fue esa escuela, esos viajes en tren, esos momentos en los que me sentí en soledad y desarraigo, en los que descubrí dos cosas sobre mi misma, la primera que estaba conociendo el amor de una manera que no había imaginado y la segunda que me gustaba escribir, y releer lo que escribía, porque ello me daba formas de explorar mi interior que hasta aquel momento no conocía.

Hoy, han pasado unos doce años. Vuelvo a una estación de tren. Allí no tengo mochila pero también me despido. Aunque sé que no serán más que unos días. Tengo lágrimas en los ojos, porque me resulta duro volver a sentir el desarraigo de nuevo y porque la estación está llena de gente que va y viene, que también escribe sus cosas y que espera a que llegue el maldito tren para sumirles en una carrera que a lo mejor no es la que les hace más felices. Tengo lágrimas en los ojos, porque resulta que la vida es así, y cada vez que visito una estación de tren y tengo que despedirme de alguien pienso, que a lo mejor no vuelvo a verlo y eso me parte el corazón. Me hace cuestionarme si somos conscientes de la fragilidad de nuestra propia existencia, de nuestro propio tiempo. Hace que me estremezca, en parte porque hiela, en parte porque no cae una gota de lluvia en las despedidas y en parte, por lo absurdo de las despedidas en las que recordamos al que se va, que revise sus billetes. Para que se asegure bien de no perder el viaje, aunque este viaje nos despierte una melancolía que en el fondo, no tiene ninguna explicación lógica pero, que duele.

“Revisalo bien. ¿Lo llevas todo?” Decimos temiendo que en ese mundo desconocido al que va no haya de nada y al acabarse el mar, una enorme catarata lo engulla y desaparezca para siempre.

Y en ese miedo, nos quedamos, haciéndonos muy chiquitos. Temiendo que tras esas largas horas de espera, nunca más vuelva a la estación en la que lo dejamos.

Odio las despedidas. Odio los domingos que traen despedidas.

Odio las lluvias que no caen para despertarnos del miedo absurdo a que la gente que queremos desaparezca en una catarata gigante.

Pero llega, siempre llega el domingo, con cataratas y sin ellas. Con sus pesados minutos cayendo sobre nosotros y nos toca separarnos. Salir despedidas cada una a su sitio. O a su lecho, o a su conformista y burgués existencia, en la que habrá lunes y frío y parques llenos de niños que echan de menos a sus padres. En la que habrá recuerdos de orgasmos, todos ellos sin culpa y de besos, llenos de amor, de deseo, de sexo y de futuro. Saciados del fin de semana, un tiempo en el que fuimos libres y no tuvimos puesta la ropa.

Habrá domigos y lunes, aparte de estaciones y resacas de obras de Teatro estupendas y mochilas llenas de Croisants de chocolate para el camino. Habrá un tiempo para estar con la gente que se quiere sin plantearse otra cosa más que es estupendo continuar juntos y es mejor que lo disfrutemos, porque puede que al día siguiente, por ejemplo un Martes, nos toque volver a una estación de tren repleta de gente que va y viene, todos con sus “cosicas” por dentro que se desarman y entonces, nos arrepintamos de todo el tiempo que perdimos pensando que “eso” -ir hacia ninguna parte- es lo que tocaba.

 

 

3 comentarios sobre “La ternura de un domingo

    Hélène Laurent escribió:
    noviembre 24, 2013 en 8:54 pm

    Yo también conocí esos Domingos…
    Dediqué un poema “en cubierto” a esos sentimientos.
    http://lavidaenpoesia.wordpress.com/2013/10/31/en-obra/

    Noemi escribió:
    noviembre 24, 2013 en 10:59 pm

    Lo de “cosicas” ha sonado muy murciano, jejeje…
    Muy bonito, Mónica.
    Pues a disfrutar, ea!!
    Bss.

    alejagagliotta escribió:
    noviembre 25, 2013 en 10:39 am

    Sin palabras Mónica muy bonito!!

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