(2) Tiny-Toon

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libro cometa niñoEra hijo de un diplomático Inglés. No es que fuera demasiado importante este hecho, para la mayoría de las cosas en las que reparaba Timmothy siendo un niño, quizá solo, que cuando se miraba al espejo podía encontrar una justificación sencilla para su aspecto. Y es que era el único niño que conocía que tenía las cejas blancas y el pelo semi transparente. Su madre, que era Escocesa, había esperado de él que fuese pelirrojo y de complexión robusta como las montañas de las HighLands.

Había esperado que fuese de un verde intenso. Tal vez, del verde nacarado que toma el cielo cuando la luz, cerca del mediodía se revuelve.

En realidad se esperaba muchas cosas del pequeño Timmothy.

La primera que creciese y se convirtiese en alguien con cierta relevancia en el mundo de la política.

Su vida no era muy distinta a la de los niños que crecen en un circo. Llegaba a una u otra ciudad y allí se desarrollaba el espectáculo que era habitual cuando desembarcaban en un nuevo lugar. Mamá se encargaría de ponerlo todo en orden. Dejaría los baúles y las maletas. Las bolsas y las bolsitas. Las esperanzas y los deseos. Los intentos desordenados e inútiles de volver a conquistar a su marido. Todos sus libros. El piano de caoba que trajeron de Cuba y que desde siempre, les acompañaba a todas partes y la caja con las partituras, que tanto Timmothy como ella habían aprendido de memoria.

Partituras que estaban escritas en Francés.

En un Francés del color de la esmeralda.

Timmothy era un niño débil, bastante menos corpulento que los niños que había conocido por el resto del mundo. Tenía las venas marcadas en la piel y los ojos de un azul tan claro que parecía que iban a derramarse en un mar inmenso de emociones. Siempre que miraba a alguien, éste se quedaba hipnotizado de su mirada, de su pelo casi transparente, de su piel del color de la leche, como si no pudiese dar crédito al extraño fenómeno que parecía ser su aspecto físico.

Muchas visitas que recibía su padre en el despacho se quedaban hipnotizados al verle. Le pasaban la mano por el pelo solo con el objeto de comprobar si el pequeño Timmy no era un simple espejismo.

Imaginar que eres un espejismo. Igual que leer música que está escrita en Francés. El mismo conjunto de cosas sin sentido.

Una vez, en la India conoció al niño elefante. Un niño de su edad que tenía deformado el rostro a causa de una enfermedad extraña. Era pobre, vivía en una casa construidaun_tri3 por latones y maderos corrompidos por el paso del tiempo. Tan sólo le quedaba su padre, que trabajaba durante horas tirando de un RickShaw, y un perro mestizo que era cojo y a fuerza de merodear por allí buscando un pedazo de comida, se había acostumbrado a jugar con él. Con el paso del tiempo comenzaron a dormir juntos, se daban el calor, las pulgas, el barro y el olor necesario para salir adelante en la vida sin nada más.

Timmothy se perdió por las calles de Bombay y de entre las sombras apareció el niño elefante con un cómic sucio y roto en las manos y su fiel compañero que gruñía al intruso.

Se miraron como dos gotas de agua antagonistas, comprendiendo que ambos estaban igual de asustados. El perro lisiado dejo de gruñirle y al acercarse y olerle la piel, comprendió que era de carne y hueso, que en él, no había nada de fantasmal. La prueba coherente hubiera sido pasarle la pezuña por el pelo como hacían el resto, motivo por el que se agachó Timmothy, pero éste le lamió la cara, haciéndole restallar en carcajadas.

A partir de entonces los dos se hicieron amigos inseparables.

Al pequeño Hindú le resultaba complicado pronunciar su nombre y siempre se llamaba ‘Tiny’. A Timmothy le hacía gracia porque sabía que ‘Tiny’ en Inglés significa diminuto, que es como él se sentía frente al inmenso mundo por el que viajaba. Le permitió que le llamará así, en realidad, le daba igual que nombre le pusiera, porque era la única persona que había conocido hasta el momento capaz de comprenderle y que le hacía reír.

Un día le preguntó el nombre de los dibujos que solía robar para después leerlos juntos. Tiny le contestó: Cartoons.

Y el niño Hindú le contestó: a partir de hoy te llamaré Tiny -Toon.

Pasaron los años, Tiny y el niño elefante se habían convertido en gemelos heterogéneos, ante la inquisitiva y reprobatoria mirada de la madre de éste que no comprendía porque desperdiciaba su tiempo con alguien tan mugroso. Degradado. Misero. Sucio. Y desagradable a simple vista.

Lo sentó a tocar el piano, al principio con ella después en solitario. Tiny no tenía aptitudes para ello, era incapaz de disociar el cerebro, sin embargo, mientras paseaba los dedos por las frías teclas canturreaba, con un halo de voz espectral que retumbaba contra la caoba, devolviendo algo parecido a lo que podía considerarse una interpretación libre de las canciones que le habían obligado a memorizar.

Lo hacía mientras los únicos dos amigos que tenía, se sentaban bajo el ventanal de su casa y le escuchaban sumirse en un mundo interior desconocido hasta el momento. Pronto ambos concluyeron que Tiny – Toon era un animal libre que necesitaba salir de la jaula que lo mantenía preso y lo llevaron a un local para adultos de dudosa reputación, en el que demasiadas almas perdidas se reunían para escuchar música, voces, relatos, discursos, palabras acompañadas de notas y gente solitaria que está dispuesta a recibirla.

La música une a las personas cuando ya no encuentran la forma de comunicarse.

microjazzPronto llegó el despertar de la adolescencia y el niño prodigio fue mutando su voz a una escala más densa, sólida, permeable, acuosa, compacta y grave. Se dedicó a cantar mientras su mejor amigo y su anciano y lisiado perro descubrían el opio, los placeres de la carne y las incandescentes y peligrosas incursiones como “correo” de algunos hombres oscuros y relevantes de los bajos fondos.

Mientras su padre se dejaba los huesos, la piel, y los años transportando a las personas, él transportaba por lo que las personas se mataban entre ellas.

Mientras Tiny- Toon las unía con su voz de ángel barítono, él las separaba.

Mientras Tiny- Toon era deseado por su talento, él era codiciado por lo que podía proporcionarles cada día de sus vidas, hasta el día en el que ya no volvió más.

Tiny-Toon lo buscó por todo Bombay y alguien le dijo que Bombay lo tenía preso. Después apareció su perro lleno de sangre, de suciedad y de dolor. Lo arrastró hasta un callejón oscuro, próximo al lugar en el que se conocieron y allí encontró una tira de cómic que siempre llevaba con él. Al cogerla entre las manos comprendió que jamás volvería verle. Nunca se hubiera deshecho de ella. Solo la muerte le podía haber separado del cómic que llevaba el día que se conocieron.

Tiny sintió resbalar por su corazón el dolor de aquellos que se dan cuenta que han perdido algo que les era valioso. La rabia de los que piensan que no hicieron suficiente. La desesperación de los que buscan y no encuentran y la impotencia de los que se encuentran con una realidad que les ha superado.

Pasaron los días, su voz se tornó triste y lacrimógena. En su espectáculo solo había espacio para el duelo por la pérdida de su infancia, de su mejor amigo, de todos los símbolos que había llevado consigo desde que empezó a canturrear delante de la caoba. Solo había espacio para el recuerdo de los dos niños que se reían por las calles de Bombay de todo lo que les rodeaba y que se habían encontrado el uno al otro. Ahora lo echaba de menos. Sentía las manos vacías, el pecho roto, la lengua perdida, la mente resquebraja y confusa.

Se sentía perdido, triste y herido. Se sentía debilitado.

Casi tanto como aquel perro minusválido que pasaba el día tumbado y llorando de dolor, en parte porque ya estaba demasiado enfermo y en parte, porque también le dolía la vida.

Una noche al bajar del escenario, decidió que ya no le dolería más. Decidió darle la tranquilidad que necesitaba. Darle paz. Lo llevó al lugar al que van los perros enfermos de la gente que tiene dinero en Bombay. Se despidió también de él.

Al volver a casa caminó arrastrando los pies por el pavimento sucio e infesto. Rompió las punteras. Sintió que tenía los brazos demasiado largos y que ya no poseía pestañas. Estaba roto, desmembrado, cansado.

Con los ojos rotos repletos de lágrimas se acostó aquella noche, por última vez, en su habitación adolescente, siendo muy consciente de que al despertar a la mañana siguiente sería por primera vez, un hombre.

 

 

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