(1) Annais

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Se daba la extraña circunstancia de que era rubia. Tenía el pelo dorado, como las suaves hebras que nacen de la espiga de los trigales cuando el sol de la primavera se cuela entre ellos. Era rubia y acariciaba el lánguido marfil del piano con sus manos blancas, frías y suaves.

pianoDaba golpecitos en las teclas del piano. Con ello se procuraba un placer absurdo y al mismo tiempo atraía la atención de todos los que la escuchaban. Solía pasearse por clubes sórdidos en los que todavía, el instrumento no había sido retirado. Lugares en los que lo normal, no lo frecuente, era que los adictos a la pipa de agua, al vino, a los chalecos de algodón y a la música Jazz, se sentasen a escuchar algún artista improvisado. Pensaba que no tenía talento pero, al final de cada pieza, siempre había alguien que se acercaba a ella para compartir un poco de tabaco, de cerveza negra, de política incandescente o de saliva mediante un beso furtivo. Era lo que peor llevaba de todo. Los besos que le daban algunos hombres y que siempre rasgaban la suave piel de sus labios, dejando un sabor amargo a su paso.

La lengua de los hombres en los vientres de la mujer.

El sabor a pan seco.

La desgracia de cruzar la puerta y encontrarla de frente, absorta en su pieza musical. Dejando caer algo de su pelo, y de su pensamiento, en aquel instante finito de sinfonías inconclusas.

Casi siempre la artista superaba al piano y le arrancaba algunos gritos de placer ocultos en sus entrañas.

Aporreaba y la mayoría callaban, giraban sus cabezas y veían a Annais sola en el escenario.

Se daba la circunstancia, la extraña y providencial circunstancia, que aquel genio de la música, que en realidad tampoco se quería demasiado a si misma, era rubia y eso llamó la atención de la escritora que había perdido un par de palabras. Solo un par, justo las que necesitaba para seguir escribiendo.

 Llenó su vaso.

Pidió otro vacío.

Y espero pacientemente a que el resto de espectadores terminaran de aplaudirla.

Pronto callaron las manos y las bocas.

Fijo la vista en ella.

Y sus ojos se encontraron.

Tenía los ojos color verdoso. No de un absoluto y despampanante color aguado sino de un verde oscuro que al perderse en la tiniebla de un local atestado de humo, vino, chalecos, bigotes que raspan labios y palabras que se pierden, parecía de color avellana. Una inmensa pupila de avellana en cada uno de ellos. Lista para ser consumida. Lista para ser desechada.

Pronto repararon la una en la otra, no en que se habían visto, sino en que simplemente podían ser afines. Creyeron en las almas gemelas y se dieron la oportunidad de conversar sobre las cosas que les traía la vida. Se hablaron y se escucharon. Se leyeron. Tocaron juntas una pieza de música que nadie había oído antes y por fin, llegaron los abrazos. El suave roce de dos pieles que no quieren despedirse. El temblor y el calor que supuraba lento cada noche que se dejaban en la puerta.

 Y los giros.

El voltear de las cabezas cuando ya se habían despedido.

Y las miradas cómplices, llenas de arruguitas en los ojos, que se llenaban de felicidad cuando estaban juntas.

Pronto llegaron a una montaña de minutos que terminaban demasiado pronto.

Hasta que el tiempo que tenían por delante no les pareció suficiente y decidieron jugar a dormir juntas.

Circo_toron_blue_qlk9Primero construyeron una cama doble, con todo lo que les había sobrado de sus anteriores casas y algunas noches en las que no tenían otra cosa que hacer, más que abrazarse en la oscuridad, hablaban hasta quedar dormidas. Llegaba el día, con sus rayos de luz espabilaba el dorado del pelo de Annais y la escritora disfrutaba viendo como amanecía, casi, entre sus brazos.

Se había acostumbrado a su olor. A su pelo. A los suaves ronquidos que emitía involuntariamente. A los pliegues de su piel. A la velocidad con la que escuchaba la solitaria vida suya.

Se había acostumbrado a vivir con la mujer que tocaba el piano pero, no entendía ni una sola partitura.

Y le contagia con una dolorosa ilusión que conseguía entristecerla: Quizá algún día… aprendería a leerlas.

Una vez asistieron a un concierto. Sin querer la escritora entrelazo sus dedos con Annais. Se dio cuenta de ese gesto involuntario porque tenía las manos heladas. Tenía las manos sin atisbo de pulsación humana. Un gesto de pareja, de unión, de convivencia regalado de forma aleatoria, con una plausible excusa:

“No me dí cuenta”…

Dice que no se dio cuenta pero, si mirases desde este fondo de salón con sus cortinas de terciopelo rojo, verías como estrella su mirada contra el suelo, en un gesto de vergüenza y adicionalmente, de culpa. Sentirías el calor de un deseo no solicitado y efervescente que se fragua en silencio.

Y una rabia e impotencia que va creciendo dentro cada vez que se rozan y no tiene la oportunidad de besarla.

Solo quería un beso de Annais, nada más. No quería sexo, porque se estaba enamorando y tenía miedo de que la proximidad con su cuerpo desnudo, le hiciera perder los otros dos millones de palabras que todavía estaban con ella.

Todo el mundo sabe lo que es un escritor sin palabras. Es alguien que no escribe.

Es alguien que ya, no dice nada.

Se daba la pequeña, inapreciable, tonta circunstancia de que era rubia. Nunca le habían gustado las chicas rubias, en realidad nunca le había llamado la atención nadie que tocará el piano pero, pronto sintió la necesidad de escuchar todas las notas que podía regalarle Annais.

 Una tarde de otoño estaban sentadas en un parque. Esperaban pacientes mientras fumaban a que la noche llegará para poder marchar al club en el que se conocieron.

escenario vacioAnnais había sido invitada a tocar con un grupo local de Jazz que estaba adquiriendo cierta relevancia. En la mirada de la escritora habitaba una sombra, una pequeña e inapreciable sombra que delataba su miedo a perderla. Annais sin embargo estaba feliz, por tener la oportunidad de medirse con otros como ella, de hacer por fin, algo distinto a lo que llevaba haciendo mucho tiempo. No reparó en que su compañera estaba triste y parloteo hasta que hubo entrado la noche, por fin, su mano, otra vez fría como el mármol se entrelazó con la de ella y un escalofrío le recorrió la espalda. Llenó sus ojos de lágrimas, Annais la atrajo hacia sí, besó su mejilla y le dijo que no pasaba nada.

“No es nada”

No me di cuenta …que en tu presencia estaba llorando.

Al fin se encaminaron hacia el club. Tres chicos morenos y un albino la esperaban en el escenario. El chico de pelo blanco y ojos grandes y azules la desnudó con la mirada en cuánto se sentó al piano. Comenzaron los primeros compases. Una melodía rítmica, sólida y colorista invadió el local y el público se levantó de su asiento para estar más cerca, si cabía de su música. Annais tocaba con la mirada tendida en la cálida voz de aquel chico de aspecto frágil y voz profunda, que perseguía despertarla de una convivencia de amor no consumado. Se fue acercando a ella, sinuosamente, mientras sus ojos brillaban y extendió su mano libre hacia los hombros de ella que recibió con un gesto felino el contacto de su mano pálida.

escenarioJugó con el aliento que se rizaba en sus cuerdas vocales y Annais sonrió hacia las copas vacías de vino que custodiaba su ahora, celosa, compañera de sábanas blancas. Su gesto serio y sus cejas apretadas. Sus dientes quebrando la mandíbula y sus nudillos blancos. Su impotencia frente al exasperante éxito que despertaba el feeling de aquellos poderosos felinos, que habían improvisado la mejor escena musical de todas las que hubiera conocido aquel club, hicieron que saltara a dos metros del suelo y saliera, enfurecida, a la fría y ahora, lluviosa noche.

A la fría, dura y tensa noche.

Se encaminó sola hacia su casa. La de las dos. La que habían construido con fosas comunes y lo hizo por el empedrado que otras veces habían desandado juntas. Sin más lágrimas que las justas para no ver absolutamente nada y allí escuchó una voz débil que la llamaba.

Se daba la circunstancia de que aquella voz provenía de una chica rubia, que tenía el pelo dorado y ahora empapado de sudor y agua, que venía corriendo hacia ella porque la luz de las farolas ya no le llegaba, porque había terminado su pieza y el tigre de voz densa y aterciopelada, le había invocado a la llamada de su cama. Porque, tal vez, quería contarle que en realidad, cuando la espiaba al amanecer se estaba haciendo la dormida y tan solo quería que la besara.

Tan solo quería que sus dedos jugaran a entrelazarse sin darse cuenta.

Sin darse cuenta de nada.

4 comentarios sobre “(1) Annais

    yuliet fernandez lluch escribió:
    febrero 24, 2013 en 10:13 am

    Darte las gracias por regalos como estos de cada domingo, es genial poder disfrutar de tus relatos mientras acepto que tengo que pasarme el domingo trabajando jejeje un beso y ya espero el proximo !!!!!!!!

    Noemi (Murcia) escribió:
    febrero 25, 2013 en 11:55 am

    Es precioso…

    Gracias Mónica. Bss.

    MONICA (Murcia) escribió:
    febrero 25, 2013 en 2:20 pm

    Lo acabo de leer y me has emocionado, Mónica.
    Desgraciadamente, cuanto miedo a sentir lo “socialmente incorrecto” existe aún en esa sociedad super moderna!!
    Muchos besicos, guapa.

    monicamartin respondido:
    febrero 25, 2013 en 8:05 pm

    Primera entrega… Ahi queda eso!!!!!

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