La azada

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ImagenHay muchos días en los que recuerdo a mi abuelo. Su aroma a hombre apretado y viejuno. Su mandíbula densa, oscura, repleta de un pelo recién cortado que era, poco menos que frondoso, pese a sus interminables años. Acababa de afeitarse y ya erosionaba mi piel inmadura cuando me daba besos en la cara o cuando me cogía con un solo brazo para montarme en la mula o cuando, sencillamente, se limpiaba el agua que había resbalado por su mentón al beber del botijo. Cuánto más tiempo pasaba más pensaba en algo tan sencillo como el transcurrir de los años sobre él. 70, 80, 90. Es raro pero pronto tuvo noventa años, aunque la época en la que más recuerdos tengo de él y de la que mejor sabor de boca guardo, es aquella en la que íbamos a arar al huerto. Yo no hacía nada ponía, mis dos pequeñas manos sobre la azada “chica” mientras el cogía la que pesaba como un molino y la batía contra la tierra seca, que había dejado el verano en nuestro pueblo. Batía el arma mortal de la patata contra la tierra seca mientras sudada como un elefante. Se llenaba de polvo del camino, de piedras. Se tragaba las rocas secas con cada golpe seco contra la misma tierra que después le devolvería algunos frutos con los que todos podríamos celebrar el final del verano.

Yo solo observaba con mi metro cuarenta, mis ojillos negros e inquietos. Mi piel blanca, suave, que se quemaba al primer contacto con los rayos de un sol despiadado. Ponía mi barbilla encima de mis dos manos, apoyándome, sobre aquella cosa inútil que él me había construido para que pudiese jugar con la tierra. A veces le imitaba, con cuidado de no llevarme los dedos de los pies por delante al dejar caer la herramienta “chica” con la que tendría que, en principio, haber conseguido algo.

Él desarrollaba  los canales del agua que darían vida al huerto, yo hacía pequeños caminos en mi mini espacio de cultivo que al darme la vuelta era irremediablemente reformado por su experta mano. No soy tonta, no era tonta, incluso entonces sabía que tan solo era un juego para mí, que lo que verdaderamente hacía que emanase la vida de aquella masa de tierra informe era su toque maestro.

Un día se lo dije. Le dije : abuelo, pero para qué quieres que bata la tierra si después vienes tú y la pones de otra manera. Solo sonrió y me dijo: Antes… me has quitado las piedras.

Con el paso del tiempo, de verdad, me he preguntado muchas veces, si alguien habrá podido enseñarme más cosas de las que mi abuelo materno pudo enseñarme siendo sencillamente él mismo.

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