Pescatero de Café

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Dios ha dispuesto su escenario para ti.

Padre, no tengo fe pero sé que el lugar que vi ayer en mis sueños es el paraíso donde elegiste ir. Permaneces joven, delgado, inalterable, valiente, osado, junto a la orilla de piedra en la que se aposta tu barca, permaneces allí junto a tu padre, mi abuelo, extendiendo redes que vendrán vacías de peces, vacías de saciedad.

Vacías de sociedad.

No hay mucho más que hacer, piensas y parece que a cada pensamiento se escapan las ideas por tu cabello rizado, negro, intenso, fuerte. Parece que con cada devenir de segundo que pasa se erizan los recuerdos de una vida que allí, en el río paraíso, no tuviste. Eso fue antes, mucho antes.

Para aquel sueño pediste antes de marchar un poco de acción, necesitabas vigilancia externa en forma de verde tricornio, porque qué es la vida y al final la muerte, sin un poco de acción. Hay quien para los días eternos hasta el próximo nacimiento del alma pide paraísos, tu pediste dentro de lo posible calamidades, peligro, cercanía con quien tanto anhelaste incluso en vida, pediste la ultima cabalgada a lomos de una barca hecha jirones en aquel río que sí apenas rodó por aguas insanas treinta años atrás, en las orillas de tu pequeño, clamo y pobre pueblo.

Un lugar donde nacer y un lugar donde morir de nuevo, de haber podido elegir tu muerte, sé, como saben las personas que saben, que habrías elegido aquella casa. Paterna, fría, inhabitable, dificultosa y a la vez repleta de orgullo, dignidad y sobrecogimiento.

Hay infancias que marcan e infancias que pasan por la vida de las personas como hojas que caen delante de los ojos, con un extraño y poderoso baile hipnótico que las inmoviliza de por vida.

Pescar o el acto de pescar es solo una excusa, lo importante es lo que llevas debajo del saco de esparto, bolsas de tela yermas para traer kilos de negro café. Para que lo beban las educadas bocas de los señoritos de Madrid, los maestros de Caceres, los militares de fragancias cargadas de aires dictatoriales. No puedes con su exceso de libertad delimitada, te da de pleno en tu libertinaje. Quieres beber esa fuente santa de la vida pero sabe a dinero y peligro porque todo lo que tú robes hoy, mañana será hambre en el seno de tu familia.

Te encaminas despacio, por la orilla de un río que conoces como si hubieras parido, las sandalias de corcho son tu mejor aliado, en el barrizal de la orilla está padre, que ha conseguido una buena posición para cruzar la frontera a base de esconderse entre alacranes bajo el arrasador sol de agosto; ahora su piel rezuma ampollas en la espalda, está quemado, cansado, viejo. Ya nunca canta aquellos sonetos vacíos de esperanza que al atardecer arrullaba a las inactivas olas de agua dulce que ahora penetráis con miedo y ferocidad. La balsa se mueve. Se zarandea, parece un perro sacudiéndose el agua. Suelta babas cristalinas en cada ángulo que orada, solo el batir parduzco de la corriente sabe situarla sin remos en el camino más certero.

Ya está todo hecho. Suficiente suerte para dos personas que no saben ni lo que saben.

No se escucha ni un ladrido. En la quietud de una noche calurosa y estrellada, tu agitada respiración se entremezcla con el batir insistente de los grillos. No tenéis ningún mapa, ninguna luz que alumbre los caminos acuosos que surcáis, tan solo esos dibujos de colores en el cielo, manto estrellado que os guía, es la única manera de no perderse. Río abajo se oyen pisadas, bramidos, tierra que se abre como una manzana, ronquidos de feroces jabalís que han salido a buscar raíces que comer, lejos de disparos de tricornios que los diezmen.

Cuidado, se levanta la bruma y a lo lejos como un mal presagio una luz que podría esperar vuestra muerte dentro de esta muerte. Largo es el camino que lleva a la perdición como largo es el camino que recorren los desamparados.

El portugués espera sentado, la cabeza gacha. Ha quemado sus cigarros y borrado las cenizas que se despiden en el agua. Nervioso, bajo un sombrero de paja desmadejado os espera como un ladrón que roba a los pobres, los hambrientos, los desesperados. Los que cuentan granos de maíz en graneros vacíos, los que beben vino que no existe, los que comen tocino rancio y hacen cada día a la hora de la cena el milagro de los panes y los peces.

Yo ya lo he hecho todo. Antonio padre, Antonio hijo. Os susurra en brasileño, el gallego-portugués que ha traído en una mula dos fanegas de granos sin tostar. El más puro. Padre lo examina como si fuera una droga venida a menos en barcos gigantes desde el otro lado del océano, que cerca quedan las orillas de los sitios paradisíacos para algunas cosas necias.

Lo sopesa, huele y muerde, Padre, muerde un grano y dice, con la savia rabiosa de los árboles caídos que no es la mercancía que habíais acordado. Inquieto te incorporas sobre tus rodillas, mareas una perdiz tras otra y bajo la escasa luz del creciente infiel de la luna encuentras la navaja con la que te afeitas cuando pasan días, noches y semanas sin ver otra cosa que redes, azadas y martillos.

Ahora solo se ven los dientes de tres, padre, hijo y portugués.

Reales. Gallego afincado en tierra de nadie extiende la mano por toda respuesta. Padre mira a los ojos que se esconden tras la caída del sombrero de paja, nadie refleja su mirada. No hay espejo que encuentre la respuesta de un lobo hambriento, no hace falta nada más, quien sabe que miente a un ladrón no levanta los ojos, hay donde no haya ley que lo acoja el silencio es la mejor defensa.

Tus manos de chiquillo libre tiemblan bajo el esparto de los sacos vacíos, deben volver llenos. Tú conoces esa mirada, viene de la mano de la furia de una persona que ha pasado demasiado miedo, demasiada hambre. El gordo, Gallego-portugués que ha dejado el brasileño para otros tontos a los que pueda engañar dice a hurtadillas, dos menos, señal de que ha venido confiado y solo. Ahora sí, ves levantar el ala del sombrero y su ojo hueco os mira repleto de arrepentimiento. Padre  ni respira, solo fija sus dos ojos negros en el fardo de orgías de marisco con el que pacta. Clava sus escarabajos en la sola cuenca del portugués que al encontrarse con las verdades que salen de su pupila agacha la mirada como un perro que se ha tragado en un descuido el almuerzo de su amo. Ya nadie cuestiona su autoridad. Fardo de calamares secos. Bastardo. Cobarde. Avergonzado pero satisfecho solo piensa en una cosa. Quiere irse. El pacto ya está hecho, sueltas la navaja que rasura los años que por ti no pasan y tu cabeza imberbe de chiquillo descuidado ve con pavor, a lo lejos, unos brillos que anuncian el fin de un pacto que se sellará con pólvora, sangre y saliva.

La noche se ha cerrado en vuestras espaldas.

Suenan huecos, atronadores en la noche, plomos que saltan a la orilla, los grillos callan. Vuelan por el cielo, la mar dulce, la agrietada e insonora tierra, los pedazos de acero polvoriento que quieren llegar a la carne de la miseria de unos hombres, que no tienen otra cosa que hacer que deshacer los comercios dictatoriales que les alejan del río paraíso. Padre, tú, remáis con los brazos y a lo lejos entre los juncos veis como el Gallego-portugués, gordo saco de pescado putrefacto, se levanta como un Salmón que vuela y tras llevarse la mano al pecho cae, hondo, pesado, gravitatorio, mudo y muerto en las aguas de un río que ahora está embarrado y rojo, casualidad de la vida, muerte solo para unos pocos.

Acuarelas de colores para las noches de verano, pintan con fugaces tramos oscuros el destino de los tres.

Agachados en la barca las astillas penetran tu piel, todavía tierna. La navaja, ahora visible, se balancea por el movimiento. En el centro del río solo se oye la corriente, el vacío del esparto que regresa a un granero mudo, el tintineo del dinero que está esparramado como una meretriz. Húmedo, hambriento, expectante, lacerado en la penumbra. Abierto con violencia, con el uso que le dan las armas que se levantan cuando hay guerra. Esta guerra de guerrillas.

Como duelen las trincheras incluso para los que no son soldados.

Caes. De bruces en la barca, te tragas la arena salada de esta agua tan dulce. Dices. Padre. ¿P_A_D_R_E?.

No hay respuesta, solo los grillos te contestan con una fúnebre ensoñación. Un presagio de futuro, un hambre de saber lo que ya sabes que ni tu mismo entiendes. Ansiedad de las casualidades.

Giras el cuello, tu cara se pega en las maderas y el agua entra por la nariz. Escupe, por toda vida que desees vivir, escupe ahora, puede que luego sea demasiado tarde. Sabes que estas solo, por medio las aguas. Quieres nadar. Si supieras que respira. Si supieras que respira. ¿Padre? No contesta. Si alzas la voz, las luces de la orilla encontraran la forma de cruzar el puente y llegar hasta ti, no morirás honestamente como hizo el Gallego- Portugués lo harás a base de descargas en sitios que aún no conoces. Ves el pelo, escaso pelo de tu padre caer como un remolino en las tablas, blanco, liso, salino. Agitas su hombro con tu pie. No se mueve. Fijas la mirada. La espalda no se eleva. Ni respira, ni parece que quiera respirar. Contienes la explosión de llanto, hay quien dice que un padre nunca debería enterrar a un hijo y hay hijos que dicen que nunca se debería enterrar a un padre.

El mismo dolor, diferentes verdades.

Ahora llega el momento de la verdad. Que se enciendan las luces de la vida, la muerte se ha sentado entre vosotros. Dios ha dispuesto un escenario para ti. Ahora puedes ser lo que quieras, en la balsa de Oceanía sabes que debes deshacerte del cuerpo, nadar hacia la orilla, regresar a casa, despedirte de los tuyos. Su ausencia hará que os busquen. Debes marchar, nadando hasta el lugar más cercano. País desconocido, promesa de isleñas que se levantan de sus sillas para darte el gusto. Ocúltate entre las sombras, en treinta años no podrás mandar una carta hasta tu madre. Llorará amargamente vuestra muerte. Antonio hijo, entierra a tu padre. Bajo esta luna creciente, infiel, dorada y dolorosa eres libre, conviértete en Extremeño- Portugués que nace bajo el océano atlántico y regresa cuando la libertad de un pueblo te permita a llorar la muerte de tu padre.

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