No Supo Caminar

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La impenetrable mirada de la reina del silencio, volvió a apoderarse del hastío de mi corazón.

Vivíamos deprisa, es todo cuanto pudo decirme mientras alisaba las sabanas de su cama, ventilaba el cuarto que se asomaba al jardín, reparaba sus floreros mustios.

Abandonados.

Nunca me atreví, en mis años de cuidador, a romper una flor seca de los habitantes de la casa. Eran para mí , un símbolo del pasado de estas gentes que ya no podían valerse por si mismas , eran para ellos el recuerdo de esa persona amada que nunca volvería; eran la espera y la esperanza; el deseo y la perdida; el reencuentro y el anhelo.

Bocados de realidad que devuelven la cordura.

Ni siquiera esas tristes margaritas conseguían devolverle una sonrisa.

Sendero de desolación.

Como ella que se pierde en la angustia sin poderse levantar. Postrada en una silla hasta que muera o se mate, con un leve parpadeo me invita a dialogar . Es propio del que se invita solo , leer símbolos que nunca han estado ahí. Al principio en un extenso monologo sobre toda la explanada de mi vida, después contra el eco de unas paredes blancas sin respuesta , que solían devolverme mi propia voz.

Y es que a menudo solo queremos compartir silencios.

Ya lo había visto antes , el paciente que no puede llorar . Se pasa las horas mirando al techo con una muesca de dolor en la mirada. Las pupilas vagan a través de las ventanas , se pierden, se esconden, se quedan fijas. Mudas. Sordas. Brutas . Extrañas a cualquier haz de luz que atraviese sus cristales. Se mueren esperando que los oídos se desplieguen a una voz nueva que no pueda ni quiera parecerse a aquellas voces que nunca mas han de regresar.

La reina del silencio me abraza helada , deja caer ambos brazos alrededor de mis hombros para que la lleve hasta el baño y pueda allí verter sus halitos de una forma medianamente digna.

El paciente que se estampa encima del acero de una silla metálica sin condena a muerte, siempre tiene la sensación de haber perdido la dignidad, cuando lo más digno de este mundo es haber nacido y continuar siendo persona.

Mire su ficha. La belleza siempre ha sido el motivo de mi obsesión; un brutal accidente de tráfico la había conducido por caminos indecorosos hasta la sala de mi espera. Hasta el cuidado de mis manos. El cock-tail explosivo de bebida y arrogancia, el magnifico ego de su amante y su amado, la imprudencia contenida en el final de una pierna que apretó y apretó un pedal que después no supo levantar; fueron la causa exacta de este, su futuro, mas bien cierto.

Calculado.

El destino fue implacable.

Él había muerto.

Durante los días y las noches que pasé vigilando su mirada, sus manos, su cuello, su boca, evite enlazar cualquier palabra o pensamiento que le recordara su desafortunada tragedia; hasta que yo mismo, estrella fugaz donde las haya, fui perdiendo mi coraje y me adentré lentamente en una rabia, una ira, una angustia que me impedían ya ser imparcial. Quería verla caminar a pesar de esos dos apéndices inertes que colgaban de sus rodillas, quería hacerla sentir más mujer que cualquier otra mujer que existiese sobre la faz de la tierra. Quería cuidarla despotricando contra la misma muerte si hiciese falta.

Quería que ella fuese otra persona.

Y no me di cuenta que me estaba engañando.

Una tarde aplomada de otoño, con las nubes destrozando los cristales, me miro lánguidamente a los ojos mientras yo parloteaba sin cesar y solo me dijo si podría extenderle un vaso de agua; me perdí en su marrón incandescente y mi voz se quebró. No salían mis palabras a encontrarse con las suyas, solo el parpadeo leve de mi barbilla y la humedad de mis ojos me delataban, como el ladrón más próximo de su dolor . Ambos fueron a estrellarse contra el suelo , mis ojos tristes y sus palabras heridas. Su mano cálida me recordó que hay momentos en la vida en que la proximidad, es sencillamente suficiente. SUFICIENTE. La palabra exacta del mediador de sueños.

Me dijo que le amaba . Como se aman las cosas sin nombre, esas que perduran hasta que la ultima persona que las tuvo se muere. O se mata.

Su vida había sido una carrera en busca del éxito , siempre había querido ser la mejor profesional, la mejor amante. La mejor amiga, la mejor persona. La mejor hija, la mejor aliada. La mejor madre , la peor abuela.

El emblema de victoria de una vida imaginaría .

Él bebía, SI. Como beben las esporas de los mares , como tragan las ranas en los charcos, como saltan las abejas en el aire.

Él bebía, SI. Y ella le ayudaba.

Él bebía, SI. Y ella le odiaba.

Se encontraba siempre en un punto equidistante de un círculo vicioso que a fuerza de no romper había explotado solo. Ambos pasaban de un extremo a otro tan rápido que la más veloz de sus caricias iba perdiéndose en el aire de las resacas, en el pastoso aliento de las mañanas bautizadas con dolores de cabeza. Con vómitos, olores insufribles que se desprendían una y otra vez de un asqueroso y sempiterno inodoro. Malditos sean los cubos de agua que vienen a regar la acidez de los estómagos, a saber qué rumores vagos habrán sembrado las alcantarillas de esta ciudad. Qué le habrá dicho la rata al lodo, el moho al cielo, el cemento al barro. Qué, aquel embrión infecundo y aplazado.

Eran los padres del futuro de ese hijo que ya nunca nacerá.

Unos padres ejemplares mientras que el sol se posara en el cielo antes del mediodía.

Tras la primera multa hubo un aviso del destino . La próxima vez no me cogerán en este estado. No hubo una próxima vez, vertía ella en susurros desaforados, mientras una enorme lagrima resbalaba por su pálida mejilla.

Un inmenso silencio cayó como una losa sobre la habitación. Habían venido las sombras a hablar de su muerte. Que se encienda una vela por cada sentimiento roto.

Aquí estoy yo, sentado en el quicio de su cama. Una cama sin protecciones, no hay miedo de que en un reflejo involuntario o quizá por un mal sueño, caiga al suelo y se lastime. No hay reflejos involuntarios en su médula muerta. Ni en una cama libre.

Yo , que soy el orador. Yo, que no narro ni transmito, solo cuento esta historia. Yo que me la paso absorbiendo su dolor, su soledad, su rechazo a la vida; como un bálsamo de oración los domingos que no hay misa. Yo , que no tengo ni poseo más de lo que hubiera deseado , yo, que deseo , anhelo y espero sin haberme encontrado. Yo , que me duermo sin haberme acostado. Espero sus misivas y me hundo en mis manos.

Sudores fríos que resbalan por la espalda , cuántas veces me hubiera gustado que permanecieran en silencio. SILENCIO.

Cada una de sus palabras traspasa mi mente. Angosta mi corazón.

Yo , que soy un dios ausente , ahora me atrevo porque quiero, me apetece y estoy vivo a juzgarle en su engaño. SI, yo también le odio.

Me ha dicho que él mentía. Me ha dicho él, miente. Mentía. Tu no lo hagas , él lo hacía. Tras esa sonrisa inerte se descuelga la avaricia de sentirse al menos en parte liberada de culpa. JA-Ah-JA se mofan sus dientes blancos a través mis cortinas, enormes y sinuosos párpados cerraos de una vez.

No me rio de sus gracias, ni sus rimas , ni mi anhelo. Me despista la ironía , el fracaso y el desconsuelo.

Si, le amaba. Seguí sus pasos hasta el infinito y en el límite de mi horizonte aviste otra cama que no era la mía. Otro encuentro donde no eran ni mis ojos , ni mis manos, ni mi cuello , ni mi boca; ni los hijos que no tuvimos los que esperaban para sesgarle, seducirle ,amarrarle ,robarle ,engañarle y abandonarle.

Y es que ella nunca le habría abandonado.

Y se lo dijo , pero eligió un mal momento. Ese momento en el que uno sostiene un volante y se siente descubierto, en el que además de llevar el olor de otra persona encima también lleva su veneno en la mente. La lujuria entre las piernas, atravesando un túnel que nunca fue de cemento. Acabar y al momento se derraman las cosas a poquitos y se reprochan a muchos grandes gritos. Cuando uno siempre dice no me obligues decir lo que estoy diciendo cuando lo que realmente quiere decir es que ya lo ha dicho y desgraciadamente nos hemos enterado ambos. Así es, Así es. Asiente con tu torpe cabeza. Porque parece que para que las palabras tengan constancia además de pensarlas hay que decirlas. O admitirlas. O robarlas.

Lo triste es cuando no se admiten , por muy altas o bajas que lleguen a los oídos y se continua vociferando hasta que una ira desconocida suelta la mano del volante y fuera de si golpea esos preciosos labios , portando consigo el aliento vencido que brama puta. Puta. Ese aliento que apesta a sustancia execrable y ha convertido con el paso de los días la ilusoria imagen del ser amado en un despreciable cavernícola que arregla los problemas a puñetazos.

Ese aliento que ahora borra la vista de nubes y le impide ver en toda su aciaga grandeza el pilar al que se dirige el coche a gran velocidad.

El miedo se apodera de su carne y la estremece . Como en cualquier juego de azar alguna de las dos partes ha perdido. Ella sus piernas , él su vida.

Ahora habita una calma en su mirada que no puedo descifrar los brazos le valen como piernas , corazón y cerebro .

Ahora pasea por los jardines de esta casa, donde vienen a parar con una triste frecuencia mas almas como la suya. Siguiendo la vereda que conduce al parque , se desliza con su silla de ruedas a través del camino y siempre me gasta la misma broma . Préstame un momento tus zapatos aunque tengo que decir que nunca supe caminar.

 

 

Segundo Premio Relato Corto. Certamen Jóvenes Creadores Alcalá de Henares. 2003

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