Caminito de Belén

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Estoy tan cansado que no puedo ni empujar la comida con la boca, ni siquiera abriendo al máximo la garganta consigo que los alimentos, el agua o cualquier otra cosa pase por mi laringe camino de mi estomago.

El roce del bolo alimenticio ya no me produce el placer que antes me producía. Doctor siento angustia. Me ahogo. Casi no puedo respirar.

Tu tiempo expiró. Me dice el señor de la bata blanca con la mirada.

Tu tiempo ha expirado y ahora busca la forma si la encuentras de despedirte de todo.

Una vez hablé con un médico, me dijo…

Me dijo. Es demasiado tarde ni de habernos dado cuenta antes podríamos haber hecho algo.

Y yo le miré a los ojos, sabía que él no podría dármela, pero esperaba esa absolución.

Lo siento. Me dijo.

Sé que pensó con esa frialdad propia de los médicos, lo siento, hasta donde mis conocimientos alcanzan esto es todo lo que puedo hacer.

Sentarme aquí y decirte que es demasiado tarde. Obviaré cogerte de la mano.

Y por favor delante de mí no llores. No soporto que los pacientes lloren.

Quisiera sentir lástima, sinceramente quisiera pero creo…

Creo que intentaré no pensar más en ti. Eres un cadáver que anda. No, otra persona no. Hoy te ha tocado a ti, estabas en la lista de tareas de un Dios occidental.

Ese es tu Dios occidental.

Lo he sabido siempre pero hoy se ha convertido en una certeza. Soy una vela que se apaga y me recuerda un poco a ese cuento en el que un hombre que vive de lo que gana en el campo hace de su miseria casi una religión y ahorra toda su vida mientras renuncia a pequeños placeres.

Vino para acompañar alguna comida, un par de zapatos nuevos solo para vestir, algunas camisas un poco más caras para lucirse en la fiesta. Comida que no haya sido cultivada en su huerto. Pescado fresco del puerto. Carne de la granja del pueblo vecino. Un poco de tabaco para compartir con un vecino. Cada día pan fresco.

Un poco de aquí, un poco de allá, todos los días un poco menos de mísera para compartir con la gente que tienes cerca y cada noche la misma tarea, anotar cuanto había ganado y gastado. Cada noche dedicarse con la misma devoción a hacer montoncitos encima de la vieja mesa de roble del salón, con un lápiz casi sin punta anotar arañando el papel ajado de ese cuaderno amarillento.

Con el paso de los años se afanó en conseguir esa pequeña fortuna que había creído necesaria en algún momento lejano del tiempo, 100 monedas de oro para poder vivir el resto de su vida sin tener que preocuparse nunca más de trabajar.

Cuenta, cuenta y cuenta, no puede ser, NO PUEDE SER. 99 monedas de oro y pese al sacrificio entregado durante años y años al ahorro, siente que le han robado algo. Busca por todas partes, por debajo de la mesa, en los rincones, dentro de sus zapatos y vencido hunde la cabeza entre sus manos y llora…

Si, ¡llora!

Pese a tener encima de la mesa 99 monedas de oro, con las que podría no tener que volver a preocuparse de nada, con las que se podría haber dedicado a si mismo el resto de sus días, con las que podría haber vivido un poco menos miserablemente.

Me han robado.

Solloza como un niño.

¡Me han robado!

Grita y de pronto alguien llama a la puerta.

Dado que su propia avaricia le había aislado de una vida corriente se sorprende de que alguien vaya a visitarle a esas horas. Confundido y un poco molesto abre de una patada la puerta.

La muerte le sonríe y le dice.

Toma, ten mi mano, ha llegado tu hora.

El hombre aterrado suplica.

No, por favor, aun no, me falta tan solo una.

La muerte tiende hacía él sus manos huesudas y contesta.

No, es tu hora. Tenemos que marchar.

El hombre se arrodilla y pregunta.
Por qué, por qué ahora. Me falta solo una, dame un año y después podré marcharme.

La muerte encoge sus hombros y dice.

Lo siento, has tenido toda tu vida para disfrutar de una moneda cada vez.

Ahora tu tiempo ha terminado.

Tenemos que partir.

Y dicho lo dicho tomó al hombre por el cuello y ambos salieron volando hacia el más allá.

Miro con ojos de besugo al especialista y me devuelve la mirada con su cristalina frialdad. En realidad solo quiero pedir una licencia para seguir viviendo pero los dos sabemos que no puede concedérmela.

Tenemos que hacer más pruebas.

Me dice.

Y yo lo miro aún imperturbable porque sé que mi tiempo es limitado y no me apetece extinguirlo completando la ficha de su expediente. Mi vida se acaba grito para mis adentros mientras que él me extiende volantes y recetas con una insensibilidad pasmosa.

Miro hacia un lado y hacia el otro, por debajo de la mesa, dentro de mis viejos zapatos de vestir, por todos los rincones y siento que alguien me ha robado.

A por ellos. Digo.

¿El qué? Me contesta el médico extrañado.

Me callo, sigue escribiendo.

¡Bastardos! – Pienso. Cuento uno por uno cada cigarro que me he fumado, el primero y el último. El que siempre me encendía después del café, el que robaba a mi padre y el que después de trabajar tenía por costumbre fumarme con él.

No puedo ni tragar.

El médico me mira pálido y me dice.

Quizá prefiera quedarse aquí.

No tengo donde ir. Contesto.

El silencio huye por la puerta.

Batín blanco y gafas oscuras. Doctor en Oncología.

Hoy en mi laringe, la que explota, lo tengo bien, todo, excepto el conducto que lleva el aire desde fuera hacia dentro.

Ultimo estadio.

Casi no puedo saturar oxigeno por eso me mareo.

No pueden operarme.

35 años, soy tan joven todavía. Por eso no para y me cierra minuto a minuto las vías aéreas.

Un día será como si me hubiera tragado una pelota de ping pong.

Me casé.

Él asiente con su pálida frialdad.

Me casé y no la amaba. Solo una vez pude en toda mi vida, sentir aquel cansancio aquella emoción caliente, esas cosquillas y ese calor.

Tengo miedo. – Le digo. Se levanta, cierra las persianas venecianas.

De pequeño no sabía sumar, pero alguien me enseñó.

Asiente.

Y me licencié en Económicas.

Cruza las manos encima de su pecho.

Encontré un buen trabajo, tuve pocos amigos. Bebí poco, fumé mucho.

Vuelve a sentarse. Suelta el bolígrafo encima de la mesa desesperado, se limpia el sudor de la frente. Se acomoda en su asiento.

Durante nueve años he trabajado en un banco.

Ladea la cabeza.

Engaño a mi mujer con prostitutas y durante este tiempo no hemos podido tener hijos.

Abre los ojos como platos.

No tengo el SIDA, tenía ese tema totalmente controlado. Quería cuidarme.

Pensaba en llegar a ser un anciano

Exhala un profundo suspiro.

Cada mes he ido guardando en secreto una pequeña cantidad de dinero, mi sueño desde niño era convertirme en patrón de barco y recorrer el mundo entero.

E ir de playa en playa…

Conquistando puertos.

Yo, quería ser libre…

El besugo enlatado me observa con atención.

He conseguido ahorrar mucho pero no lo suficiente.

Le miro fijamente como si pudiera hacer algo.

Me firma la última receta y me dice.

Lo siento, pero no puedo hacer nada por usted.

Me levanto y miro las pastillas que me ha recetado y los volantes que me ha extendido para hacerme más pruebas la semana que viene. Entre las medicinas que tengo que tomar me ha recetado unas que llevan morfina, si además me pongo los parches no me enteraré de nada.

Lo siento, en la soledad de mi casa recuerdo que me dijo, no puedo hacer nada por usted.

Mi tiempo está cesando. Se acaba, todo se acaba a pequeños sorbos de agua mezclados con tropezones de morfina. Se acaba y pienso en aquellas costas doradas repletas de nativos que vienen a recibirme con fruta fresca.

Me duermo, no puedo tragar. Estoy tan cansado.

Si pudiera al menos quedarme dormido soñando con el mar.

Ese velero

Y las olas

Y la brisa.

35 años.

Lo siento, no puedo hacer nada por usted.

Pasa una gaviota en mi duermevela.

Miro debajo de la mesa, dentro de mis viejos zapatos, en todos los rincones. Un calor frío me recorre. El vaso de agua se ha derramado encima de la mesa.

Hay niños que juegan en la playa en la que me encuentro.

No, no son ladrones, son niños.

Lo espero. Lloro mientras río, porque no deja de hacerme gracia, haberme privado de casi todo y en este momento darme cuenta de que no lo necesito.

El amor, la risa, el llanto, los amigos y enemigos, hasta las disputas con mis iguales en esta sala caliente donde he pasado tardes de aburrimiento soberano me parecen estupendas.

Oigo unos pasos se acercan. Tengo que levantarme. Tengo que intentar levantarme. Alguien esta llamando a mi puerta.

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