El que le habla a las palomas…

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Ha muerto otro atleta. Vancouver es el preludio de una melodía desencadenada con fatal desenlace, es la epifanía de los “invictus”, el poema de la invernalidad circuncidante. Has vuelto de nuevo por aquí y no te gusta, ¿verdad?, puedes irte nadie te obliga.

Esta mañana discutía de nuevo con mis siete estómagos, nos decíamos los unos a los otros que a veces el éxito no está justificado, que pasas toda una vida preparándote, formándote, entrenándote, aguantando la respiración para contener en ti misma más oxigeno y al final terminas dándote cuenta de que en realidad ser el mejor, el más rápido, el más preparado, incluso el más rastrero pelota, no tiene ningún sentido.

Llega un día, es frío y soleado, como cada día te diriges a la pista, ergo, otros cogemos la carretera. Hay ligeros indicios cotidianos que te hacen plantearte si será hoy el último día de tu vida. El café se derrama sobre tus pantalones limpios, tienes que cambiarte la malla técnica, no has pasado una buena noche, es lo que tienen las buenas cenas. Sepulturas llenas. Un viento que huele raro azota tus mejillas, el recorrido, tú lo sabes es siempre el mismo, los mismos metros kilómetros por segundos relativos, diferentes tiempos. Llegar a donde se supone que tienes que llegar es tu obligación, para eso llevas toda la vida preparándote, entrenándote, aguantando la respiración, con el corazón en un puño; buscando empresas, patrocinadores, amigos que te quieran, para después llegar a tiempo y cumplir, al menos con la 44 posición del mundo ese año, por debajo de ahí no puedes bajar.

Y sabes que un día tanto hielo alrededor puede costarte la vida, pero aún así la metáfora del éxito, el falso premio, la zanahoria que nos ponen desde pequeños, te hace vulnerable como un cachorro y te envalentonas porque ciertamente no eres capaz de escapar de esa 44 posición en el mundo, no eres capaz de desatarte de esa cadena de cosas que giran en torno a ti como la basura espacial alrededor de la tierra. Por un momento buscas la motivación y definitivamente la encuentras. Eres tú en el número 1 no en el 44 sino en el 1 y tampoco exactamente en el 1 como numero real sino en el primer puesto y eso ya… suena distinto. ¡Dios!, los ojos se te llenan de lágrimas, la pierna sigue quemada por el café caliente, el viento raro sigue azotando tu rostro, sigue siendo un día frío y soleado, pero para ti es lo mismo, igualmente te colocas en el punto de salida y como cada vez que entrenas te lanzas. Pista abajo a 140 KMs/h. Te sales. Se acabó.

Eso es la competición, esta competición, de lo que va en general la vida. Del triste amargo, sufrido desenlace de todos los que no quedan en el primer puesto, de los que no tienen opción de quedar en el primer puesto porque ni siquiera pueden colocarse en la parrilla de salida; de los que se entrenan hasta la extenuación esperando ser el mejor, no el numero 1 sino el primero, que tiene ciertos matices de diferencia que le hablan a cada siete estómagos de cuerpo humano que se encuentran y activan el mecanismo del eterno premio. Zanahoria solo para los mejores y el resto seremos peldaños de pirámides sobre los que apoyarse para calcular de nuevo el calendario maya.

¿Sabías que hay una tribu de aborígenes que tienen dos nombres uno el que eligen los padres y otro el que elige su pueblo y se corresponde con su don natural?

El que caza lagartos, el que habla a las flores, el que sana a los enfermos, el que duerme como un oso, el que canta sin desayunar, el que defiende a la tribu, el que tiene el don de la palabra.

El que quiere siempre ser el primero, cuya actitud es absolutamente distinta del que hace lo que sea por simplemente ser y no quedar excluido.

Os acordáis. ¿Segunda Ley de Newton?, la cantidad de fuerza humana que hace falta para mover nuestra ambición es absolutamente incalculable, sabemos que nunca llegaremos pero intentarlo es deliciosamente atractivo, sádico, enérgico, aromatizante, erótico.

Sin engaños, nuestro sistema social está mal construido, no hay lugar para diversidad, ni para el crecimiento personal que no siempre se corresponde con lo que se espera de nosotros, solo hay algunos  primeros puestos sociales que cementan, justifican y alientan, el uso y desgaste indiscriminado de nuestras vidas.

La próxima vez que estés en la parrilla de salida de cualquier carrera, por favor, piensa si eso es con lo que has soñado toda tu vida.

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