Alba

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¿Lo mejor?, su sonrisa. Sus ojos. Su sonrisa. Todavía hoy no consigo decidirme.

 

Cada día la veo en el tren. Taconazo, pelo liso, negro, sedoso. Piel blanca y suave. Una sonrisa blanca y perfecta de esas que clavan dos hoyuelos en las mejillas. No es perfecta pero a mí me encanta. Desprende un inquebrantable olor a cereza, pasas por su lado y ya estas perdida. La miras, puedes pasar horas mirándola y cada vez verás el atardecer cayendo de su mirada. Al fondo del vagón la luna que recorre mi imaginación cuando la veo entrar por la puerta de mi vagón de metro.

 

No sé mucho de lo que en mi despierta pero creo que está comenzando a darme miedo.

Un, dos, tres paradas. Tac, tac, tac. Posiciona sus rodillas marcando una equis perfecta y yo enamorada por completo de su quiniela. Esa equis, yo, estamos vendidos por completo. Anulo mis quehaceres diarios y persigo su esponjosa melena con mis oídos. Siempre se me hace tarde contemplándola.

 

Como si tuviera tiempo para eso, como si aún tuviera tiempo para eso.

 

El caso es, que aún, no sé como ha sucedido. Sencillamente pasó, como pasan las cosas que tienen que pasar a tiempo, como pasan las cosas que descubren facetas de una misma que han estado durante mucho tiempo ausentes.

 

Recorro su espalda, es una cascada que moja lentamente mis pensamientos.

Los ojos, culpables, se llenan de lágrimas.

 

 

Aprieto la mandíbula, finjo que no la miro, pero los ojos, mis ojos, aún culpables se escapan directamente hacia su mirada. Ella no me esquiva, nunca esquiva una mirada mía. Se sabe poderosa en esa jungla de cabezas.

 

Obviamente no está a mi alcance y sin embargo mantengo la esperanza de que lo pueda estar en un futuro. Se sonríe cuando me encuentra observando el color de sus medias, hace como sino me viera pero en realidad yo sé que no pierde detalle. Lo mejor de no ser detallista es que una puede permitirse el lujo de no perder detalle.

 

Se llamará Miriam, Lucía, Laura. ¿Se llamará cualquier cosa que yo quiera llamarla?

Tiene los ojos negros. Eso ya lo dije antes, por ejemplo son de color azabache.

¿He dicho ya que son preciosos?

¿He dicho ya que por muy fijamente que la mires nunca pestañea?

 

Al principio, cuando comenzamos a observarnos, yo volvía a casa del trabajo y ella de cualquier parte. Ahora se acabó el trabajo, pero yo igual sigo volviendo a la misma hora y al mismo vagón de tren y allí está ella, entrando por la puerta. Sobrecogida, errante, vestida de indiferencia.

 

Después aquellas tres paradas en las y yo me esforzaré en no cruzar mis ojos con los suyos. Pura vergüenza, miedo, indecisión, pero sus ojos y los míos siempre se encuentran. Como quiera que se llame, sonríe a pies juntillas, y a mí se me caen de un plumazo las cien recetas sobre como cocinar un amor a escondidas.

 

Cierro el tarro de las palabras fritas, es la única manera de permanecer impermeable a la carnalidad que despierta en mi semejante ejemplar de hembra. Sin manías, ya lo dije, para eso no me queda tiempo.

Agoto mi paciencia, no tengo valor para perseguirla calle abajo, aunque lo confieso me gustaría, me gustaría mucho. Seguirla calle abajo, saber donde vive, ver balancearse sus caderas por la gran vía. Rehuir su pelo entre la muchedumbre y descubrir al fin que alguien que no soy yo la está esperando.

 

No lo hago, yo, como todas las tardes espero una parada más y continuo mi camino, un camino que desando imaginando el olor de su piel, el tacto de sus manos, como será aquello que está escondido en el vértice de sus piernas. Siento la húmeda inconsciencia de mi pasado entrando en mi memoria. Me acuerdo de cuantas veces he gritado en la oscuridad de una noche cálida y ni por asomo puedo compararlo a los deseos que despierta en mí, por ejemplo Laura. Esa equis y un frío detonador suben desde la planta de mis pies provocando un hormigueo inusitado

.

Ya sé, ya sé lo que significa esa maraña de sensaciones, me apresuro, pronto la sangre se agolpará en torno a mis piernas, henchirá las caprichosas zonas mi cuerpo y el dolor propio de una erección incorrecta me dará el primer aviso. Como cenicienta he de volver a casa antes de que suenen las doce campanadas. Llorar sobre la almohada, gemir en silencio mientras apago cada tarde la hoguera que despierta su imagen. Vomito orgasmos en su nombre, estaría bien que se llamara Laura, aunque si fuese Helena tampoco me importaría lo más mínimo. Mis manos se pierden en un húmedo y solitario baile, tras cerrar la puerta de mi cuarto apenas soporto mi propio espacio. No tardo nada, mi mente ha hecho el resto por el camino. Brindo a su salud, me siento feliz de haber conocido la excitación en estado puro.

 

Lo digo, son muchos minutos que se suman alargando una vida. La mía. Y es que el deseo es sobre todo esperanza. Vitalidad. Dolor. Querer llenarse y no conseguirlo más que por un tiempo. Es ser taza de cristal que se vacía y vuelve a llenarse. Es, por ejemplo, regresar a ese vagón de metro deseando que me diga al oído cualquier cosa.

 

Convencionalismos aparte. Tendría suficiente con un Lo sé.

Sé lo que haces, lo que sueñas, lo que esperas, lo que evocas. Sé, como se llaman todas las tardes en las que riegas mi imagen con el salado río de tu cuerpo. Sé que te desarmas cuando imaginas mi cuerpo caliente deshaciéndose entre tus dedos.

No quiero un saludo, quiero, necesito, el murmullo de sus labios rozando mis oídos

Mi vientre. Mis caderas.

No quiero palabras, necesito batirme en duelo con su lengua.

No quiero nada que no pueda darme, si es que dándome lo que necesito evito conocerla.

 

Esta tarde me he dormido, pasé una mala noche y caí rendida después de comer. Llego tarde a mi cita, corro escaleras abajo y cuando todavía falta un minuto para coger el vagón en el que suelo sentarme a esperarla noto una mano que se posa en mi cintura. El andén es un infestado río de cabezas en el que no puedo identificar que animal me atrapa, siento miedo y al mismo tiempo la tranquilidad de su permeable olor a cereza. Solo es un roce casual que no tendría la más mínima importancia si no fuera porque es la mano que guía mis manos. La siento, el tren no llega y sus dedos continúan apretando el contorno de mi cadera. Me rodea, posa su otra mano y me atrae contra su pelvis. Rodeadas de gente me siento indefensa, no sé que puedo decir o hacer. Tengo miedo a moverme y perder para siempre la oportunidad de sentir su cuerpo tan cerca. No intenta hacerse hueco, asegurarse un puesto entre la multitud de un andén atestado en hora punta, quiere saber lo que yo sé. Sentir lo que yo siento. Ver lo que reflejan mis ojos cuando miran los suyos. Aprieta mi cuerpo contra el suyo, el calor de su sexo rompe las distancias, casi no puedo respirar. Siento sus pechos hundirse lentamente en mi espalda. Su aliento, inesperado, no dice nada pero anuncia el desenlace de una batalla extremadamente larga.

No pares.

No te alejes.

Esta será la última vez que nos veamos.

 

El tren llega, las puertas se abren y pasa detrás de mí. Vuelve a clavarse en medio del vagón, dibujando su letra favorita. Desmadejada, descompuesta, sin un mínimo de dignidad, ya no me siento frente a ella a observar la lánguida caída de sus pestañas sino que me aposto frente a sus ojos, sujetándome de la misma barra. Rozando su mano con la mía, así intento demostrarle que no tengo miedo, aunque en el fondo me flaqueen las piernas. Fijo sus pupilas con las mías, protagonizamos un duelo que sabe a victoria. Me balanceo, quiero ser movimiento de aire en una extenuante danza que hoy está marcada por los astros.

 

Nena, no puedo dejar de mirar tus ojos. Nena, no puedo dejar de mirar tus labios.

 

¿He dicho ya que siento autentica pasión por el transporte público?

Que cuando necesito cariño me pierdo entre la gente que sumida en su vertiginoso ritmo de vida no se da cuenta de la energía que desprende.

 

Tac, tac, tac. Hoy tus tacones no silban se han quedado mudos. Me estaban esperando.

 

Una, dos y en medio de un túnel el metro se para. Se apaga la luz y el tubo de emergencia ilumina el sadismo entre los asustados rostros de la gente, gritos apagados en la sombra anuncian una avería tremendamente oportuna. Nadie pierde la calma. Ella y yo nos miramos cada vez más cerca. Apoyamos su frente y la mía dibujando un espejo. La respiración común de doscientas personas va viciando el ambiente. Su boca se acerca, su aliento fresco delata que no está más sediento quien menos bebe sino quien más corre. El latir de dos centenas y dos medios corazones que van a destiempo son el medidor perfecto para estos pasos. Acércate, los minutos son un concepto relativo cuando lo que premia no levanta a medio metro del suelo. Caprichosa me toca, antes de besarme, me toca y juro por dios que estoy tan húmeda que hace que su mano se detenga.

Sinvergüenza, ¿Es que no vas a besarme?

Este es el juego, ¿Nos tocamos sin besarnos?

Convencionalismos aparte, reina, me hubiera encantado escuchar tu voz pero ya que esto es lo que hay no me queda más remedio que dejar de dudar y entreabrir un poco las piernas porque a pesar de lo que creamos no nos queda tanto tiempo. Creo que esta será la última vez que nos veamos.

 

Entiende el mensaje a la primera y comienza a agitar su mano, con cuidado para no despertar sospechas entre nuestros vecinos de angustiosa espera. Arranca y se detiene. Parecemos dos amigas que están asustadas y se abrazan, nadie se extraña de la surrealista estampa que formamos, puesto que a nuestro alrededor la gente ha comenzado a perder la calma. Están ocupados hiperventilando su miseria, crecen como arboles en el miedo que sienten a morir mientras mi cuerpo tiembla en esta explosión de vida. La oscuridad sigue llenando el túnel, mi mente y mi cuerpo se vacían en el placer de saberse descubiertos. Quiero besarla pero el deseo de llegar hasta el final me lo impide.

 

30 años de inconsciencia y al fin puedo decir que mi vida ha merecido la pena.

 

Me convulsiono sobre su batir desmesurado y elegante, sobre sus tacones. La seda de su pelo y su blanca piel. Sobre el sabor de su cuello, que si fue mío, sobre los millones de cosas que jamás podré decirle. Sobre su mano que se llenó de una sexualidad plena y desatada. Sobre ese descaro y ese atrevimiento. Sobre aquellos que no pueden sentirse libres, sobre la histeria colectiva me rompo, me hundo, me deshago, mis rodillas no soportan mi peso. Riego el algodón blanco de mi ropa interior. Para no gritar muerdo su abrigo y unas lagrimas de rabia, alegría y desesperación anuncian el final del episodio más raro que he vivido en toda mi vida.

 

Esto es amor o por lo menos se le parece bastante.

 

A escondidas recupero el aliento y todavía entre sus brazos le pregunto su nombre. Con la dulzura propia de lo inviolable me contesta. Alba. Mi nombre es Alba.

 

Recuperamos la normalidad, la luz ilumina el gentío. Nos miramos a los ojos, nos sonreímos y nos vamos alejando la una de la otra. Para no complicar más las cosas, contamos hasta tres. Llegamos, punto y final de la historia. Alba se desliza entre la gente como un alud de primaveras sin aflorar y desaparece guiñándome un ojo.

 

La satisfacción se mezcla con el duelo por su marcha.

Y qué los más bellos amaneceres de este mundo sean tan cortos.

Y qué los más bellos amaneceres de mi mundo pertenezcan a otro…

 

6 comentarios sobre “Alba

    eva escribió:
    febrero 6, 2009 en 10:05 pm

    monica, me ha gustado la história de alba,
    me gusta esa forma presente y directa con la q te expresas.
    un abrazo

    Virgi escribió:
    febrero 7, 2009 en 2:52 pm

    Moni, me ha encantado, patidusa me he quedado…besos a las 2

    monicamartin respondido:
    febrero 7, 2009 en 8:01 pm

    Muchas gracias a las dos. No hay de que preocuparse, virgi, es ficción literaria. Estamos felices.

    Un beso también para vosotros.

    Virgi escribió:
    febrero 8, 2009 en 10:41 am

    Jajaja, ya, Moni, lo de patidifusa era por lo bien escrito, por lo expresivo y precioso que es…ya sé yo que coméis perdices, jajaja…¡yque sigáis así siempre! Muas

    Rhina escribió:
    febrero 8, 2009 en 12:35 pm

    Bien logrado este relato,que por su creatividad nos pareciò real.

    Saludos desde el Mar Caribe!!

    Nieves escribió:
    noviembre 3, 2011 en 10:13 am

    qué bien escribes Moni… no me cansaré de decírtelo… besazos

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