Aprender a Soltar

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Hace mucho tiempo escribí un pequeño cuento, que sinceramente espero os guste.


Aprender a soltar.

En un puerto muy muy lejano había una vez un pueblecito pesquero en el que todos sus habitantes se habían dedicado desde tiempos inmemoriales al oficio de la mar.

Algunos tejían redes para echarlas desde los botes pesqueros, otros llevaban la lonja donde se vendía el pescado que se había capturado, otros tenían tiendas donde se podía comprar cualquier objeto y así hasta el ultimo peldaño social de esta pequeña comunidad de obreros y comerciantes que vivían sin conflictos en un bello puerto donde llegaban visitantes de todas partes del mundo.

En este pueblecito blanco frente al mar había un señor de avanzada edad que se llamaba Miguel. Miguel se ocupaba de reparar los barcos que después los pescadores echaban a la mar, este viejo y complicado oficio se lo enseñó su padre al que enseñó también su padre y así generación tras generación.

Miguel desde hacía algún tiempo andaba preocupado y triste puesto que él no había podido transmitir su oficio y cuando él muriera; y sentía que para ello le quedaba poco; nadie en todo el pueblo podría continuar su obra y los pescadores tendrían que viajar muy lejos para reparar sus barcos o bien dejar de salir a pescar y la lonja dejaría de vender pescado y las familias que vivían allí dejarían de comprar en las tiendas el pueblo y poco a poco la gente, al no tener forma de mantenerse, iría desapareciendo hacia otros lugares donde si pudieran reparar sus barcos y salir a pescar.

Dada la importancia del tema, Miguel solicito ayuda a sus amigos y entre todos consiguieron encontrar un joven aprendiz que vivía en otro pueblo cercano y tenía fama de ser un muchacho muy inteligente y muy trabajador.

Desde el principio el joven aprendiz; que se llamaba Xoan; y Miguel hicieron buenas migas y aprendieron mucho uno del otro. Para Xoan era un trabajo muy gratificante el que hacía con Miguel puesto que era un hombre tranquilo y paciente que nunca se enfadaba y del que aprendía todos los días cosas nuevas tanto a nivel personal como a nivel profesional. Para Miguel enseñar el oficio a Xoan resultaba entretenido y satisfactorio puesto que el joven aprendía rápido y además de tener la fuerza y destreza suficiente que se necesita para ser armador de barcos, poseía un gran sentido del humor que le hacía sonreír todos los días.

Así semana tras semana, fueron pasando los meses y juntos repararon muchos barcos, botes, y lanchas para los habitantes del pueblo que se encontraban también muy contentos con el nuevo habitante. Aunque eran muchos los barcos que pasaban por allí para ser reparados Xoan se preguntaba porque desde hacía meses había siempre un viejo y enorme bote hecho de materias metálicas que ocupaba el espacio que a veces les era tan necesario y una tarde, en la que Miguel descansaba viendo el anochecer sentado en el muelle se sentó a su lado y le preguntó:

– Miguel, ¿De quien es ese bote?.
– Es mío. – Le contestó Miguel sin mirarlo.
– En ese caso deberíamos repararlo, temo que el agua este corroyendo los depósitos de combustible y un día salga al agua y contaminemos el muelle.
– Hoy no, tal vez mañana. – Dijo Miguel suspirando sin quitar la vista del sol mientras se engujaba la frente.
– Pero, Miguel, es peligroso debemos arreglarlo cuanto antes.

Y Miguel sin pronunciar una palabra más se levantó del muelle con su vieja gorra de lona en la mano y se alejo camino a su casa.

Para Xoan a partir de aquel momento fue obvio que ese viejo montón de chatarra representaba algo muy importante para el viejo anciano ya que no quería ni siquiera tocarlo para repararlo debía suponer una adquisición muy valiosa.

Pasaron las tardes y las mañanas y Miguel se encontraba cada vez más cansado, sabía dentro de si que estaba llegando el momento de retirarse a una vida mas tranquila y dejar paso a la juventud y este era un pensamiento que por un lado hacia que se sintiera en paz con su vida hasta ese momento y por otro le hacía sentirse intranquilo puesto que en la vida había hecho otra cosa que levantarse mañana tras mañana e ir al muelle a reparar y construir barcos. No podía desligarse de esa necesidad de ir todos los días al muelle aunque fuese festivo y este era un tema que empezaba a preocuparle.

Durante algunos días vino al muelle con unas revistas de barcos nuevos bajo el brazo y Xoan comenzó a extrañarse de que el viejo anciano quisiera adquirir un nuevo barco cuando el viejo bote que tenían desde siempre amarrado continuaba allí y no quería deshacerse de él ni por supuesto repararlo.

Una tarde en la que estaban sentados frente a la puesta de sol como era ya su costumbre, Miguel le dio a Xoan uno de los catálogos y Xoan lo miró estupefacto y le preguntó:

– Miguel, Si yo no tengo dinero siquiera para poder comprarme una casa, ¿Cómo es que me das este catalogo para que me compre un barco?-

Miguel sonrío y señaló hacia el viejo bote de latón que estaba junto a ellos y le dijo.

– ¿Sabes?, cuando yo adquirí ese bote tampoco tenía dinero para comprarme una casa, pero afortunadamente viviendo dentro de él en aquella pequeña y dura cama, pude subsistir durante unos años, los más duros que se han conocido por aquí y ahorrar para comprar la casa que ahora tengo junto con mi esposa. En ese barco, sobre todo en ese barco, he viajado por mar a los lugares mas bellos que puedas imaginarte, junto a él he pasado los momentos mas felices de mi vida y también los mas tristes. ¿Sabias que yo tuve un hijo?
– ¡¿Si?! – Preguntó asombrado Xoan.
– Claro, tuve un hijo hace mas de treinta años, iba a enseñarle a navegar conmigo en ese barco para que luego él pudiera quedárselo cuando yo fuese un anciano, ibamos a recorrer juntos el mundo llevando ese timón. – Relataba Miguel mientras se hinchaba su pecho y de pronto agachó la cabeza para mirar al agua.-
– Y, ¿Su hijo se caso y no ha vuelto? – Preguntó Xoan curioso.
– No. – Contestó Miguel con lágrimas en los ojos.- No. Una tarde como esta, cuando el tenía unos ocho años se empeñó en que salieramos con el barco a navegar, le encantaba este barco, ¿Sabes?, cuando lo compré era verde y blanco y juntos le pintamos en la proa el nombre de su madre.
– Ya casi no puede leerse.
– No, no puede leerse. Bien y yo no tenía muchas ganas aquella tarde de salir al mar porque había trabajado duro y me encontraba cansado pero por complacerle subimos al bote y salimos a pleamar a dar una vuelta para que pudiera llevar el timón un rato. Y de pronto, por esos caprichos que tiene el mar, el cielo empezó a ponerse de color gris opaco y comenzó a hacer un viento espantoso.
– Dios mío.
– Si, y a pesar de que le dije que se metiera dentro del camarote que intentaría dar la vuelta hacia el puerto no me hizo caso, quiso quedarse conmigo fuera y mientras discutía con él; porque era un chico muy tozudo; vino un golpe de mar y se lo llevó.
– Cuanto lo siento. – Dijo Xoan conmovido mientras le ponía la mano en el hombro.
– Si, yo también, casi toda la gente del pueblo estuvimos buscandole durante toda la noche sin encontrar ni rastro, hasta que al día siguiente el mar nos devolvió su cuerpo en aquella playa del fondo y desde entonces no he podido dejar de venir ni un solo día a ver este barco, a recordar ese día, a mirar esa playa. – El anciano se engujo las lágrimas y continuo hablando – Pero, ¿sabes qué? – Le preguntó mirándole a los ojos.
– ¿Qué?
– Creo que ha llegado el momento de soltar.
– ¿Soltar?
– Si. – Contestó miguel señalando al agua. – El combustible ha empezado a salir y esta manchando las aguas del muelle, pronto las corrientes subterráneas se llevaran el aceite y nuestros vecinos no podrán volver a pescar hasta que el aceite desaparezca. Por eso hay que soltar, va a conseguir que la pesca se muera y se pudra. – Xoan comprendió.
– Bueno, podemos llamar a alguien que se lo lleve por nosotros mientras no estemos.
– No, no, te lo agradezco pero quiero hacerlo yo. Dentro de este barco he vivido los momentos mas felices que recuerdo, pero tal y como mis recuerdos el bote también esta diluyendose no hace mas que ocupar espacio, un espacio que esta resultando molesto y contaminante para seguir avanzando. ¿Sabes?. – Le preguntó el viejo.-
– Si .- Asintio Xoan.
– Creo que ha llegado el momento de dejar que este barco se vaya , nunca volverá a ser como antes y además no tendremos sitio para amarrar el nuevo barco que vamos a comprarnos, ¿No te parece?.-
– Me parece.

Al día siguiente aparecieron por el muelle unos hombres que traian consigo un flamante bote de pocas esloras con la ultima tecnlogia para cruzar de punta a punta el océano sin perderse. Miguel y Xoan esperaron juntos en el muelle hasta que aquel que parecía ser el encargado desembarco y se acercó para hablar con ellos.

– Buenos días. – Dijo el capataz.
– Buenos días. – Contestó Xoan.
– Buenos días. – Contestó Miguel.
– ¿Pueden decirnos donde encontrar al armador del muelle?
– Soy yo. – Contestó Miguel.
– Le traemos su encargo y venimos a llevarnos un bote antiguo.

Miguel dudo por un instante pero por fin se acercó donde estaba amarrado y alzando la vieja soga les dijo:

– Aquí está. –
– Bien , ¿Arranca?. – Pregunto el encargado.
– Creemos que no, ha comenzado a salirse el aceite, mire. – Dijo Xoan y señaló al agua que estaba alrededor del bote formando ya una mancha negra.
– Bueno, menos mal que llegamos a tiempo, limpiaremos todo esto antes de irnos. Bien, me subiré para fijarlo al remolcador y mis compañeros me ayudarán a llevarlo al deposito, ustedes tendrán que soltar desde ahí los amarres, si nos coordinamos bien dentro de poco tendrán su nuevo bote y podrán deshacerse de esta chatarra.
– No es ninguna chatarra. – Le increpó Miguel.
– Deacuerdo. – Dijo el encargado riéndose y subiendo al viejo barco.

Cuando Xoan vio que la mirada del viejo se volvía triste se adelantó hacia los amarres para evitarle pasar por el duro trance de deshacerse del bote, pero el viejo lo agarró del brazo impidiendoselo y le dijo:

– Hay cosas que uno tiene que hacer por si mismo. Ha llegado el momento de aprender a soltar.

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