Límites Mentales

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Para descubrir mi propio límite me orine encima, organicé un amarillo caudal de sensaciones cotidianas y después inflé mi pecho imitando a un sudoroso pavo real que ha conseguido fornicar con la pava más bella del corral. No tuve suficiente, voy a decir, con ungirme de necedad hasta los tobillos, después salí a dar una vuelta por las esquinas de mi antiguo barrio y allí pude practicar como hacerle la eutanasia a mi infancia.

Las luces de colores, los cruentos y desalmados villancicos sonando por doquier, las guirnaldas, plumas y objetos plateados se han incrustado en mi consciente y ahora no encuentro, ni por mí ni por otros, una forma digna de salir del paso.
Saben ustedes cual es la sensación que se tiene cuando una toma conciencia de una parte de su cuerpo que cree que no utiliza para nada. Saben ustedes como se llama a esa cosa, de cuyo nombre no consigo acordarme, que se me ha abierto y no consigo cerrar. Saben lo que es una hormiga perdida, desorientada, despistada en pleno festín invasorio carnívoro. Pues eso es lo que yo siento frente a la navidad. Así estoy cada año que el ayuntamiento enciende millones de metros cúbicos de luces que celebran el nacimiento de un profeta en el que no creo. Soy una hormiga deshidratada que ha perdido la conexión química con su hormiguero, es más, si intentase volver a entrar en ese agujero social, estoy convencida de que correría una nefasta suerte. Es normal, no llevo grabada la palabra Navidad en la frente, así es imposible que mis iguales me reconozcan.
Hay que ser tonto de remate para no darse cuenta, cuando uno sale del hormiguero tiene que llevar la frente inyectada en sangre, es la única manera de volver a entrar. Con la frente alta y limpia no se va a ningún sitio. Palabra de hormiga coja.

Para mí, ahora lo digo conteniendo mis esfínteres y sin practicar más cochinadas por el momento, la navidad significa tristeza, desaliento, cansancio, soledad. Significa acordarme de alguien mucho más diminuto que yo pero que jamás termina de crecer. Significa volver a ser esa niña de rizos perfectos pegada a un cristal helado que contemplaba como las estrellas se congelaban en un aplomado cielo polar. Entre unos majestuosos chopos, esqueléticos, que habían perdido sus hojas plateadas, se erguían imponentes los dos bloques de cemento que aturdían mi visión nocturna, con algunos matices de luces de colores, sí. Con algunos petardos, sí. Con olor a castañas asadas, sí. Con un vasto y descomunal afluente de niños perdidos, mis amigos, que subían hasta un cuarto sin ascensor en la era pre-consolas a cantar villancicos. Hasta tres veces subían a verme y a cantarme, el rubio y el moreno. El rubio, mi novio y el moreno mi amigo.

David, Goliat y yo, un trinomio inseparable que todas las tardes de invierno se juntaban camino de la biblioteca. Cuando los charcos no estaban helados saltábamos para salpicarnos de barro y cuando lo estaban saltábamos para caernos. Helaba, llovía y chispeaba. Los padres fumaban en casa, los hermanos se escapaban para beber sidra después de recoger las notas, se hacía de noche cuando había pasado demasiado tiempo desde que amaneció. Jamás necesitamos 140 caracteres para decirnos nada, éramos amigos, podíamos vernos y decirnos las cosas a la cara. Ni siquiera utilizábamos el teléfono para comunicarnos, con ocho años sabíamos escribir cartas y no solo eso, además encontrábamos la forma de hacerlas llegar.

Hacíamos postales con nuestras propias manos, cortar, toser, pegar y felicitar era la misma cosa, en eso consistía la navidad, en ofrecer lo se que tenía, pese a que lo se tuviera fuera lo más sencillo del mundo.

A eso me recuerda la navidad y por este motivo me pone triste, porque recuerdo esa total libertad, ese aprendizaje. Cuando las palabras no eran tan solo palabras sino que además eran verdades, promesas, inicios y fines de historias. Semblantes de futuros, pesadillas, recuentos de frases que contaban sueños, esperanzas de futuro. Recuerdo cuando las palabras eran algo que cuidar, algo bello y hermoso, algo que entonaba no solo un villancico sino un deseo, el deseo de pasar juntos, los tres, también aquella noche, la noche más buena.
Para descubrir mi propio límite volví a hacerme pequeña y de rodillas paseé por el que fue mi antiguo barrio. En la esquina que cruza mi infancia con mi madurez me eche a llorar abrazando un pilar viejo, ajado y solitario, como yo. Palabra de hormiga coja.
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