Lo que hacen los relatos…

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Hace un año que lo intento y tengo la sensación de que no hay forma de concluir lo que es parcialmente inconcluso. Doy por finalizada mi aventura como relatista, de momento y quizá por algún tiempo, necesito descansar del género. Conjunto de relatos disformes con hilo semiótico: Visibilidad. Sinceramente espero que os guste, en cuanto proyecte su salida, lo dicho, os aviso.

Por el momento basta. Razones miles, pero solo una poderosa que me mantiene alejada de todo lo que debería tener en mente. Brota desde dentro de mí y sin que pueda evitarlo esa historia madura, larga, dinámica, dramática, sagaz, erótica, viciada. Lenta, como un chubasco filmado en pausa. Excitante, aunque esto último está mal que yo lo diga.

Esa historia que me da miedo, que me hace dudar, que me transforma, que me devuelve a un mundo que no pertenezco. Es una pauta proclive a la ruptura de mi conexión con la realidad. La decadencia y la perversión humana se van cogiendo de la mano para adentrarme en conductas ilógicas, sentimientos dormidos, carencias inquebrantables… cada mañana me miro al espejo y pienso, ¿Seré ella?, ¿Seré yo, esa mujer sin nombre sobre la cual no puedo dejar de escribir?

Ojalá quien yo me sé no tenga razón, por qué qué hago yo proyectando eventos degastados de amoralidad subyacente.

Sexo, creo que me encuentro reinventando la palabra. No lo negaré más, no puedo dejar de escribir literatura erótica, le pese a quien le pese. Lo siento Mamá, de verdad, en el fondo soy buena persona.

Borro esencias malditas de devastación humana. Sino la escribo me muero, me taladra, me desvela. Se ha hecho dueña de mi tiempo. No puedo luchar contra ella.

Estoy posesa, perdón poseída.
Todavía no sé cómo sucedió.

Me propuse ese último relato con el que definitivamente podría concluir el trabajo de un año y nació ella y me di cuenta de que era demasiado buena para desarrollarla en apenas diez páginas. Su ambición, su egoísmo, su curiosidad me tienen fascinada por completo.

Cada día mientras viajaba en el tren, tras observar a mis compañeros de viaje, mis divagaciones mentales eclosionaban en una danza de sabores futuros que no consumaban en algo tangible. Su esencia, brisa de fuego que acontece en cada amanecer frío, huracán que arrasa, tifón que inunda vaginas imperfectas de nudos asequibles. Demasiado buena para ser real. Alógica, en un mundo donde la lógica solo se aplica en momentos demasiado duros.

Alguien me dijo: Qué te pasa, estás cambiando. No hice el menor caso, la mujer sin nombre me tenía ya agarrada por los ovarios. Demasiado tarde, hasta para mí.

Tengo mis dudas, no crean. Y sí, al final, ¿Me convierto en una de sus victimas? ¿De donde proceden las ideas que nos llevan a escribir novelas? ¿Por qué de todos los aprendices de escritor me ha tocado a mí?

¿Hasta donde va a ser capaz de llegar?. Me temo que es algo que ni siquiera yo misma puedo contestar.

Me dice:

– Yo hablo, así que aprende –

Sin miramientos ramera de la lengua, tienes mucho miedo y poca vergüenza.

Y el dialogo es la única pista sobre lo que ella es. Para mí es emocionante, el cansancio de regarlo me desgasta y me hace explorar herramientas que aún no había desarrollado, pero nunca tiene suficiente, por eso gime.

Insaciable, cruel, amarga. Absolutamente oscura, parcialmente blanca.
A su manera, atractiva.

Me dice:
– Novela –

Contesto
– Relato –

Y como cada día que evito mirarme al espejo, me gana la batalla.

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