De Luto

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No sé si ha sido la rabia o la impotencia acumulada de las últimas semanas, el hecho de que en el fondo estaba siendo un día maravilloso o presenciar la perturbadora imagen de algo, que era bello y hermoso, flotando inerte por el agua lo que me ha hecho explotar en un llanto infantil e incontenible.

Sé que suena absurdo, ahora me hago la misma pregunta que se haría cualquiera. ¿Por qué le ha tocado a él?, ¿Por qué de todos los peces que tenemos ha tenido que morirse el mío?, ¿qué ha sido diferente desde ayer, día en el que nadaba como volando, a hoy que ha expirado su última bocanada de aire?

Mi Gold Fish de seis centímetros ha muerto. El pez más hermoso que yo recuerde haber tenido, el más vital y si me apuras hasta el más inteligente.

A menudo tengo la sensación de que la vida es como una pecera donde convivimos tipos de seres muy diferentes, con frecuencia incompatibles, dentro de un espacio zonal del que no podemos escapar y el en que tenemos que encontrarnos, lo queramos o no.

Nadamos, nos alimentamos y nos apaleamos. Nos mordemos, nos perseguimos y nos educamos. Nos reproducimos. Transmitimos formas correctas e incorrectas de supervivencia a quien debería perpetuar nuestra especie y sentimos ante el peligro, un miedo que nos lleva a ser crueles, despiadados, fríos y violentos. Nos adiestramos en el raro arte de la convivencia natural olvidandonos de lo complicada que es la convivencia entre seres tan dispares. Olvidando que dentro de la supervivencia no puede haber convivencia, son dos palabras opuestas que se desplazan entre sí.

Dentro de las peceras hay peces útiles, peces predadores, peces llamativos y peces que no encajan. Son ejemplares raros, únicos dentro de su propia normalidad, miembros de una comunidad que se perfilan en la diferencia aportando al banco de peces ese punto luz que a veces ilumina y otras veces pierde. Mi pez era un líder. Sobrevivió a un ataque de bacterias que llenaron el acuario de un plactón blanco, sobrevivió a los gupis violadores que atacaban en formación a otras especies de peces distintas, sobrevivió a la sobrecarga del calentador, al filtro caducado, a los cambios de dureza en el agua, a las diferentes marcas de comida y a la perra que le ladraba desde el otro lado del cristal.

No puedo explicar su muerte de ninguna forma posible, su aspecto incluso muerto era espectacularmente hermoso, de un color naranja brillante, con sus velos colgando a los lados como sabanas, los ojos profundos y negros. Flotando panza arriba como una boya perdida en el océano que delimita los finos límites entre la vida y la muerte. Su Suerte.

Creo, o quisiera creer, que Eduardo Segundo decidió morir y de la manera que fuese lo consiguió, tal vez al ser un pez tan distinto se dio cuenta de que por muchas vueltas que diera a la pecera no habría forma de escapar hacia el río o el mar y ese angustioso descubrimiento le llevase a su triste final, como pasa algunas veces con algunas personas, porque en el fondo, ¿Qué nos distingue de los animales que acogemos y cuidamos como si fueran nuestros hijos?

La vida, ya digo, es como una pecera y lo peor que tiene, es darte cuenta de que estas encerrado entre las mismas cuatro paredes de cristal pase el tiempo que pase.

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Un comentario sobre “De Luto

    Viví escribió:
    octubre 19, 2007 en 7:38 pm

    Precioso, nunca algo tan sencillo como la muerte de un pez había despertado interes en mi. Magnifico alegato sobre la supervivencia.

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