Donde habitan los manzanos

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Mi árbol favorito solía ser el sauce llorón, tal vez porque desde pequeña he jugado entre sus ramas y me sorprendía la capacidad que tenía ese árbol para doblarse y beber más. Más agua, más cemento, más llantos de una cría que cantaba flamenco en el patio trasero de su comunidad de vecinos, solo porque a su padre le hacía gracia ver como movía las manos, como afinaba, como se peinaba los rizos con el devastador peine de la infancia.

Eran días soleados y fríos como hoy, mis días favoritos. Salía al patio trasero, me sentaba debajo del árbol con ese vestido azul que solía ponerme mi madre y que yo odiaba y bajo ese sauce llorón perdía el tiempo. Me encantaba perder el tiempo, imaginar cosas, cosas de niña pequeña que jugaba a contar historias a la gente que conocía. A todo el mundo le hacía mucha gracia, que un mico que no levantaba tres palmos del suelo se enzarzara en esa verborrea. Ya sé que igual resulta absurdo lo que voy a decir pero yo me acuerdo; me acuerdo de esas verborreas, de esos días fríos y soleados, de ese sauce. Quizá sea ese el motivo por el que me enamoré de una casa con terraza, sol, árboles, frío, flamenco, cemento y agua.

Quizá sea ese el motivo por el cuál la capacidad de entrega absoluta me parece un acto suicida que va a medio camino entre la belleza y el agotamiento. La tristeza y la rabia. La vida y la muerte. Quizá cuando miro a ciertas personas veo ese sauce y ese sea el motivo por el que me conmuevo o quizá no haya dejado atrás todavía esa mirada de niña con la que solía tocar y atraer hacia mi las ramas de un árbol gigante o quizá sencillamente ese sea uno de los recuerdos más emocionantes que tengo y que penetró en mi de una forma tan honda que me es imposible distinguir si he crecido tres palmos del suelo y la gente conocida ha pasado a seer desconocida, si lo que suelto por la boca es una diarrea o sencillamente un montón de palabras que suenan bien juntas.

Hoy he salido al patio, he podado las ramas de mis árboles para que no cojan altura, no vuelen demasiado, no molesten a mis vecinos y entre tanto, me he dado cuenta de que eso me relajaba, me relajaba mucho, tanto que me ha hecho olvidar todos los ojos que me miran y que demandan cosas, por segunda, tercera o enésima vez. He echado de menos abrazar ese sauce y al mirar el suelo he descubierto que de todos los tiestos estaban creciendo manzanos, miles de pequeñas plantas anidando en cada espacio de tierra.

 

¿Cómo se llama el lugar donde habitan los manzanos?

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