El que ha muerto tenía los ojos grises como el plumaje de un halcón peregrino. Se habían vuelto pequeños con el paso del tiempo, permanecían avidos en sus cuencas y aunque contaban entre los dos la historia más cruenta de la España reciente nunca dejaron de ser vivarachos e inquietos.
Los ojos de todo abuelito que se preste son vivarachos.
Cuando una perdida te sobreviene, así, de pronto, como sobrevienen las perdidas, una es incapaz de reaccionar de una forma mediantenamente digna. Ni aún esperando esta cruenta noticia resulta facil mantener el carácter castellano y la compostura. Admiro a las personas que son capaces de no llorar, ni gemir, ni patalear en el suelo, ni decir absolutamente nada cuando alguien que es muy querido para ellos se les va. Yo sabía la noticia, no era desconocida para mí, sabía que iba a suceder en poco tiempo, luego paso lo del sueño, de nuevo. Soñé el fin de semana anterior que entraba en nuestra alcoba y tenía como veinte años menos, llevaba sus gafas de leer puestas y le pregunte , ¿abuelo que estas buscando?. Y me contestó: Mi libro, me voy. Su libro era por supuesto el Quijote en castellano antiguo. En ese momento supe que el final estaba cerca. Le vi bien, con un poco de prisa, pero sano, otra vez vivo, otra vez resuelto a cruzarse España de cabo a rabo aunque fuera caminando. Lo demás fue cuestión de esperar.
Esperar.
A que las plantas echaran flores.
A que hiciera mucho calor.
A que amarillearan los senderos del pueblo en todas partes excepto en el lugar oportuno, la laguna que esta cerca del cementerio.
A que se hiciera de día, por si podía abrir los ojos y ver de nuevo el sol.
A que fuera lunes porque el fin de semana es el momento de descansar despues de una dura semana de jornadas “allí fuera”.
A que la vida entera y no solo una mala época volviera a pasar por delante de sus ojos, esta vez apagados y moribundos.
A que la paz y el descanso entraran por su cuerpo y volviera a ser el mismo, como aquellas tardes en las que siendo muy pequeña me llevaba con él al huerto y me enseñaba a hacer los surcos en la tierra, a regar, a atar las plantas de tomate a una caña para que no se veniceran por el peso. Me enseñaba a compreder que la sandía y el melón deben tener un tamaño idoneo de recogida, que uno debe ser cuidadoso y no destrozar aquello en lo que ha trabajado con tanto empeño durante muchos días al sol. Me enseñaba que montarse en un burro era el mejor medio de transporte en pleno agosto, que hay lugares donde es mejor no subir con un coche, que una piedra puede ser un trozo de papel higiencio y que siempre existe un buen momento para leer un libro.
Me enseñó que en la vida es mejor no escoger bandos, que todos los que pretenden convertirte en algo terminaran haciendote sufrir. Que hay veces en las que no hay más remedio y que en esas ocasiones hay que ser muy valiente y llorar, llorar hasta que todo el dolor que uno tiene dentro salga fuera.
¿No teneis la sensación de que con cada muerte que vivis se pierde un trozo de vuestra propia vida?. Yo creo que en esta ocasión he dejado resbalar por aquellos senderos un trocito muy querido y muy pequeño de mi infancia.