Ya no tengo miedo, hace mucho que vivo sola. No en el sentido estricto de la palabra sino en el más literal posible. Hace tiempo que desgraciadamente la única persona capaz de entender mi carácter, mi acritud y mi expresividad desapareció por completo de un mundo que yo una vez creí posible.
Las cosas cuanto más claras mejor, perece que solía decirme. Adolezco su franqueza, echo en falta su honestidad, su valentía y su coraje. Extraño lo buena persona que era, su voz profunda, su quehacer en las más pequeñas cosas. Sus alegrías ante el mínimo triunfo, su entusiasmo. Te contagiaba, le daba importancia a lo que realmente era importante y obviaba lo que era innecesario.
No sé como sucedió solo sé, que como en las mejores historias de amor que se han contado desde que el mundo es mundo, la gente empezó a murmurar y a notar que una relación que se daba por sí misma terminaría siendo peligrosa.
Las personas bebieron de un estanque caliente que iba encendiéndolo todo a su paso y algunas almas malditas se encargaron de rodear nuestro nicho y hacernos pedazos. Vinieron a por nosotras, pequeña gran jefa, con puñales y espadas, con antorchas en mitad de la noche, con el odio encendido que sienten las personas incapaces de demostrar lo que valen.
No estábamos preparadas para este mundo, la gente no soporta que les digas las cosas a la cara sin ocultarte. No quieren que destaques lo que no te gusta de ellos, o de su imagen, o de lo que en ese momento estés mirando. No pueden ver más allá, igual tienen otros rasgos que te gustan pero eso nunca importa; necesitan ese odio, ese rencor, ese lugar oscuro en el que refugiarse. Necesitan odiarte, no quererte, amenazarte, poner en peligro tus flaquezas. Necesitan despreciar tus disculpas, les hace sentirse mejor.
Ver como poco a poco vas hundiéndote, necesitan que desaparezcas por completo y les dejes tu sitio y cuando ya no estas avanzan implacables hacia otro sitio que puedan ocupar.
Yo nunca creí en esto. Ni en los monos espaciales como decía Palaniuk, ni en los tontos por ciento como decía Sabina, ni las divas con contratos prematrimoniales como Madonna, ni en general en cualquier persona que pueda mirarse en un espejo sin sentirse alguna vez mal por algo que haya hecho.
No creo en el orgullo, ni en la soberbia, ni en la mejor manera de decir las cosas, las cosas se dicen de la única manera posible, diciéndolas. No creo en las personas que lo miden todo, porque todo está escrito y todo puede ser leído. Creo en la gente que cree en si misma y que igual es capaz de verse con defectos y aceptar una disculpa.
A mi me encanta aceptar una disculpa.