
Me apoyé en su hombro, su espalda, su torpe nuca.
No había ninguna libertad que darme, porque esta si, era mía.
Era como yo.
Dos pechos, dos almas, tres latidos… y después el batacazo al alcance de los besos.
Y la lengua, la saliva y el viento.
Y su boca en mi boca y mi cuerpo en su cuerpo.
Allí su calor encendido, el latido y el misterio.
Y una hembra y otra hembra, dos mitades un solo cuerpo.
Sin varones, ni fronteras. Sin culpa, ni lamentos.
Mónica Martín.
2 respuestas hasta el momento ↓
bigsplash // Junio 25, 2008 a 2:39 am
No es el grito de recuerdo el que
mata; son los almíbares que alguna
vez se escanciaron en las cavernas
del alma, donde el relámpago ciega
los sentidos y el hombre en bandeja
se entrega al cadalso de sus pasiones.
A viva voz clama el alma luz para
vencer los arcanos recuerdos, que
acechan como gárgolas incitantes
del deseo, las ansias y los placeres
Sí, mucha luz para seguir viviendo y
ofrendas de Pan y Vino al Dios eterno.
Ana // Junio 25, 2008 a 4:19 pm
Tremendo, me encanta, gracias por darnos un banquete con cada entrega.