G-20 2.0
Tenía una propuesta seria, por parte de mi suegra, de entrar en el blog de Risto y pegarle el post. Lo estuve pensando (cinco segundos) anoche y he decidido que no, que yo por mi misma no voy a entrar en su tocho-ombligo de modernillo funky enteraillo de la vida a decirle lo que pienso, que busque fuera si quiere información, que es lo que hace todo hijo de vecino, es más para ver la realidad hay que salir de casa, así que… tú mismo.
Tengo que volver a hablar de tu programa, lo siento. Igual tú no lo crees pero lo siento de verdad.
Veo que has descansado, el fin de semana te ha sentado bien. Has podido regocijarte en tu sumun-share televisivo. Te has hecho cosquillas con los dedos de los pies en la nuca, te has lamido el codo, te has tocado la punta de la nariz con la lengua… ah!… que no, que no lo has hecho… pues lo demás tampoco. Cambiar el tono, ofrecer algo que no sea un refrito pro-telecinco, darle un formato propio que se aleje de la vulgaridad; eso tampoco lo has hecho. Venga, no puede ser tan difícil, manda al cagao a la productora y haz lo que te salga de las pelotillas.
Ahora va en serio. No sé el resto de telespectadores, yo ayer pase la gripe y (griega) con tu programa, entiendo que es tuyo porque solo sales tú de cuerpo presente. Como toda gripe tuve cinco minutos de subida al ver que no tartamudeabas, cinco minutos de estancamiento febril al comprobar que era la misma mierda con distinto olor, cinco minutos de desconexión, es lo suyo después del estancamiento y por fin cinco minutos de ausencia. De una total y placida ausencia.
Me arrasque la barriga mientras seguía inventando criaturas con el Spores (prometo que dejaré los videojuegos y volveré a escribir solo necesito un poco de tiempo) y cuando deje de escuchar el tonillo nostradamico de tu voz pregunté:
Cariño, ¿Quién estaba en el número uno? y cariño que miraba la televisión desde hacia rato sin prestarle atención me contestó… ¿Ya has conseguido asociarte con los reptus inmundus?. Obviamente estaba más atenta a mi partida de rol entre criaturas del pleistoceno que a la lista.
Ya sabes… la lista. Esa lista en la que una chica que tiene un látigo y se pega de bruces con un mazo que parece la cola de un dinosaurio. Si, hombre esa lista que se supone que penaliza a los 20 peores personajes de la actualidad… joder! Que si, esa lista que iba a presentar un creativo de publicidad y con la que nos íbamos a quedar bocas. Macho!!! Esa lista que hizo un montón de audiencia el primer día y tras la cual un montón de corazoncitos como el mío hicieron ..chof. Ya lo has recordado. ¿A que si?
Esa lista que nos promestiste iba a revolucionar el mundo de las listas.
Esa lista no existe.
Tu programa me aburre. La televisión son minutos, lo decís todos los que estáis en ese mundo, minutos que hay que aprovechar para enganchar a la gente, de eso se trata, de quitar esos minutos de ocio que la potencial audiencia puede dedicar a otro hobby (por ejemplo a leer) o a otra cadena e invitarles a que se queden. Aprovecha esos minutos para rebelarte de una santa vez y hacer las cosas como quieres. No me creo que seas tan hortera (bueno tal vez después de lo del hummer si que lo seas).
En fin, esperaré a la versión 3.0, a ver si me convence aunque ya sabes lo que dicen por ahí… no hay dos sin tres.

El que ha muerto tenía los ojos grises como el plumaje de un halcón peregrino. Se habían vuelto pequeños con el paso del tiempo, permanecían avidos en sus cuencas y aunque contaban entre los dos la historia más cruenta de la España reciente nunca dejaron de ser vivarachos e inquietos.
En ocasiones nos da por mirar hacia el horizonte, es en esos días despejados y luminosos en los que nos sentimos menos humanos; dotados tal vez, de una sustancia divina que nos confiere la suficiente fuerza, física y mental que necesitamos para afrontar nuestro día a día; en los que no somos conscientes de lo que tenemos. No nos hacemos la pregunta, esa pregunta molesta y capciosa que retumba en los momentos de espera en los que el tiempo ha parecido detenerse. Momentos en los que estamos obligados a ser un mero receptáculo de la vida. Véase, el trayecto en tren hasta llegar al trabajo; léase, la duermevela que quiere removernos cuando estamos a un paso de caer en las incunables manos de morfeo.